VIERNES DE LA SEMANA XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

VIERNES DE LA SEMANA XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

PALABRAS DEL SANTO PADRE

«Los jefes del Templo, los jefes de los sacerdotes -dice el Evangelio- y los escribas habían alterado demasiado las cosas. Habían caído en un proceso de degradación y habían profanado el Templo. ¡Habían profanado el Templo! El Templo es una figura de la Iglesia. La Iglesia siempre –siempre– sufrirá la tentación de la mundanidad y la tentación de un poder que no es el que Jesucristo quiere para ella. Jesús no dice: ‘No, eso no se hace aquí’. ‘Háganlo fuera’. Más bien los recrimina: ’¡Ustedes han convertido la casa de mi Padre en una cueva de ladrones!’ Y cuando la Iglesia misma entra en este proceso de degradación, el final es muy deplorable. Muy dañoso». (Santa Marta – 20 de noviembre de 2015)

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 19,45-48

En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”». Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

 

Reflexión del Evangelio de hoy

Mi casa es casa de oración

Jesús, el atrevido, el osado, que entra en el atrio del templo, comienza con diatribas, palabras, insultos y gestos contra los cambistas, a expulsar a mercaderes, que lo han convertido en una “cueva de ladrones”. Los pobres, compradores expectantes de aquel gesto profético, debieron quedar perplejos y en su interior le aplaudirían porque nadie hasta entonces, desde los profetas, se había atrevido a tal acción denunciadora. No era extraño que los sacerdotes buscasen cómo deshacerse de Jesús y acabar con Él de una vez por todas. Pero el pueblo sencillo estaba pendiente de Él, escuchándolo.

Sí, es cierto, otros profetas habían hecho antes tal denuncia provocativa que a las autoridades sacaba de quicio. Convertir el templo en cueva de ladrones cuando debía ser “casa del Padre” es una tentación que no deja de hacerse realidad en muchos lugares actuales. A veces parece más un espacio circense que un lugar de oración, recogimiento y acción de gracias. Templo y temple personal van muy unidos.

Ya decía el suizo Henry F. Amiel: “Tu cuerpo es templo de la naturaleza y del espíritu divino. Consérvalo sano; respétalo; estúdialo, concédele sus derechos”. ¡Cuánto maltrato, cuánta muerte, de los templos vivos de Dios se produce cada día en los demás, de una y mil formas!

Curiosamente vemos a Jesús  yendo muchas veces al Templo, en él predica y ora, pero nunca le vemos ofreciendo sacrificios ni ofrendas. Él bien sabía que cada uno somos Templos vivos de Dios, que de vez en cuando necesita reparación, limpieza interior, espacio para la acogida del Dios Padre y de los demás. Él se sabe a sí mismo como Templo vivo de Dios, que un día, por este y otros muchos gestos, destruirán y que su Padre Dios restaurará, resucitará.

Pero la tentación sigue ahí. Convertir los templos, el nuestro propio también, en lugar de negocio, regresando así a los rituales del Antiguo Testamento. Debemos esforzarnos por luchar, hasta superarla, tal tentación.

Fr. José Antonio Solórzano Pérez O.P. Convento de Santo Domingo (Caleruega)

Parroquia Sagrados Corazones
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