TERCER DOMINGO DE PASCUA:

TERCER DOMINGO DE PASCUA:

‘Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona’

 

 

   En un  comentario a la Palabra de este domingo  leía que un catequista preguntó al grupo de jóvenes cuál era para ellos la parte más importante de la Eucaristía. Uno contestó que la parte final, o sea, el rito de despedida. Extrañado el catequista le pregunto el porqué.  El joven le respondió que la Eucaristía empieza cuando termina …

‘Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona’

 

 

   En un  comentario a la Palabra de este domingo  leía que un catequista preguntó al grupo de jóvenes cuál era para ellos la parte más importante de la Eucaristía. Uno contestó que la parte final, o sea, el rito de despedida. Extrañado el catequista le pregunto el porqué.  El joven le respondió que la Eucaristía empieza cuando termina. En ella nos alimentamos y fortalecemos con el Pan de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Jesús; pero, al final, somos enviados, salimos a la calle para hacer lo que hicieron los discípulos de Emaús.

   En el camino hacia Emaús Jesús, con su palabra, fue haciendo  arder el corazón de sus discípulos quienes, ya sentados a la mesa, en la Fracción del pan reconocieron que su Maestro estaba con ellos, vivo y resucitado.

 

   Esta gran noticia, como nos dice el evangelio, no se la guardaron para sí mismos, sino que levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén … y contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido al Señor al partir el pan.

   El libro de los Hechos narra que Pedro, tras la curación del paralítico, proclama que nosotros somos testigos de que Dios resucitó de entre los muertos al autor de la vida.

   La Palabra nos está pidiendo que seamos testigos valientes de Jesús Resucitado, que comuniquemos  nuestra experiencia de que lo sentimos vivo y presente  en nosotros y en el mundo.

   Dar testimonio de Jesús no implica que nuestro anuncio –en familia, en catequesis, en el diálogo …- vaya a ser aceptado sin más. La situación de las personas con las que convivimos son muy distintas, como lo eran la de los mismos discípulos: Tomás necesitaba tocar y palpar; otros, llenos de miedo, pensaban ver un fantasma; había quienes se alarmaban y dudaban en su interior; los de Emaús cuentan su experiencia …

   Son situaciones que nosotros mismos podemos atravesar. La fe en Jesús Resucitado no es resultado de una fórmula mágica, ni brota de manera automática. El encuentro y trato con Jesús irá abriendo nuestro entendimiento como a los discípulos, y el Resucitado se irá adueñando poco a poco de nuestro corazón.

   Creer en Jesús Resucitado es un camino (el Camino de Emaús) que todos debemos recorrer cada uno a su ritmo.

   El mismo Jesús Resucitado nos indica hoy cómo recorrer el camino: Mirad mis manos y mis pies; soy yo en persona. Jesús nos invita a contemplar la profundidad de su amor. Sus llagas nos envían a su cruz, expresión de su amor hasta el extremo: Me amó y se entregó por mí. Experimentar que Jesús nos ama personalmente hasta el punto de entregarse por nosotros,  nos lleva a sentirlo en nuestro interior Vivo y Resucitado y a salir a la calle a anunciárselo a los demás.

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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