¡Seamos Iglesia gozosa!

¡Seamos Iglesia gozosa!

   ¡Feliz y gozosa Navidad! ¡Que la venida del Enmanuel (Dios-con-nosotros) siembre gran alegría en  nuestros corazones y en nuestros hogares, en nuestra comunidad parroquial y en toda la Iglesia, en cada persona y en el mundo entero!…

   ¡Feliz y gozosa Navidad! ¡Que la venida del Enmanuel (Dios-con-nosotros) siembre gran alegría en  nuestros corazones y en nuestros hogares, en nuestra comunidad parroquial y en toda la Iglesia, en cada persona y en el mundo entero!

   A lo largo del Adviento hemos suplicado la venida del Salvador para que curase las heridas y llenase los corazones de amor y de esperanza. La respuesta nos llega, al igual que a los sencillos pastores de Belén, mediante el anuncio de una Buena Noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: ¡Hoy nos ha nacido el Salvador!

   Hace muchos años de aquel primer anuncio en la ciudad de Belén; pero, ahora se repite  en nuestra ciudad y en nuestro barrio: Jesús ha venido a morar entre nosotros, para convivir con nosotros y ser nuestro vecino.

   El Evangelio de san Juan, en su prólogo, nos comunica el misterio del Dios-con-nosotros diciéndonos que el Verbo (la Palabra) se hace carne y habita entre nosotros, esto es, que pone su casa y planta su tienda junto a las nuestras.

   La entraña de la  gozosa realidad de la Navidad es que Dios, en Jesús, se hace nuestro vecino. En medio de tanto ajetreo navideño, ¿nos hemos parado a pensar en esta insospechada realidad: ¡Dios es nuestro vecino!?

   Qué bien lo expresa este himno de la Natividad del Señor:

          Hoy grande gozo en el cielo / todos hacen,

porque en un barrio del suelo / nace Dios.

¡Qué gran gozo y alegría / tengo yo!

 

Mas no nace solamente / en Belén,

          nace donde hay un caliente / corazón.

¡Qué gran gozo y alegría / tengo yo!

 

Nace en mí, nace en cualquiera, / si hay amor;

nace donde hay verdadera / comprensión.

¡Qué gran gozo y alegría / tiene Dios! Amén.

 

   ¡Dios se alegra de vivir entre nosotros y de ser acogido! ¿Lo acogemos nosotros? San Juan expresa una queja que también nos  atañe a nosotros: El Verbo (la Palabra) vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

   Ojalá que nuestra comunidad parroquial y nuestras familias se encuentren entre los que lo reciben; entonces nuestro gozo sería completo, pues nos da poder para ser hijos de Dios.

   ¡Seamos Iglesia gozosa!; pero, ser comunidad gozosa no significa dar la espalda o desentendernos de la cruda realidad en la que vive inmerso nuestro mundo: injusticias y desigualdades; egoísmo y desunión; pobreza y hambre; violencias, terrorismo fanático, atentados, crueles guerras que siembran muerte y temor entre las gentes…

   La dura realidad del sufrimiento está también cerca de cada uno de nosotros y de nuestras familias: desasosiego, infelicidad, enfermedad, soledad, desunión…

   El gozo de la Navidad debe impulsarnos a echar una mano para remediar tanto mal, indicándonos el camino a seguir: vivir los valores que brillan en el Niño de Belén, que es la  máxima expresión del amor de Dios a los hombres: Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo, y este Hijo, Jesús, nos ama hasta el extremo.

   Vivir gozosamente la Navidad es palpar el amor y la ternura de Dios en el Niño que nos ha nacido, y es invitación a ser mensajeros de amor y de ternura.

   ¡Feliz y gozosa Navidad!

 

 

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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