SAN JUAN BAUTISTA – JUEVES DE LA XII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

SAN JUAN BAUTISTA – JUEVES DE LA XII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

SAN JUAN BAUTISTA

Juan y Jesús

Así pues, Juan no era el Mesías. Era su precursor y su siervo. Los rabinos decían que un discípulo ha de hacer por su maestro todo lo que un esclavo hace por su dueño, excepto quitarle el calzado. Sería rebajarse demasiado, Pero Juan ni siquiera se considera digno de desatar las sandalias del que viene detrás de él (Jn 1, 19-27). Él anuncia al que ha de venir. Al que no bautiza con agua, sino con viento: es decir, con el Espíritu. El que ha de venir trae en su mano el horcón para aventar en la era las mieses ya trilladas. Él ha de separar la paja del grano. Él realizará el juicio sobre lo aceptable y 10 desechable. Él será el Señor y el Juez. […]

Un día llegó Jesús hasta la ribera del Jordán, parecía uno más entre la multitud. Es como si tratase de pasar inadvertido entre la multitud. Pero Juan, el predicador exaltado y peligroso que denunciaba la corrupción, lo vió llegar a las orillas del río. Lo reconoció entre las gentes del pueblo que olían a ajo, corno decían los fariseos. Y lo señaló a gritos para que todos se enteraran de que ya nada podría seguir siendo igual: «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo., (In 1, 29).

Aquella bajada al Jordán era todo un signo. Jesús se acercó al Jordán como se había acercado Josué, es decir, como el guía que conduce a su pueblo al país de la libertad. Jesús bajó al Jordán, como había bajado Elías, el defensor de la unicidad y el señorío de Dios en una época de crisis religiosa y de apostasía global. Jesús caminó hasta el Jordán, como había hecho Eliseo, al recibir el espíritu profético, para proclamar la verdad y practicar la misericordia. Jesús se sumergió en el Jordán, como se había sumergido Naamán, el leproso, para hacerse solidario de todos los dolores de la humanidad.

Juan lo reconoció como el «cordero de Dios» (Jn 1, 29). Era aquélla una expresión que resultaba rica de contenido y de evocación. Jesús recordaba la aventura de un pueblo nómada y pastoril que había guiado sus corderos por las cañadas del desierto. Jesús evocaba el cordero de la Pascua, signo de la piedad de su pueblo y del sacrificio que sellaba la alianza con su Dios. Él era la imagen más nítida de la liberación y de la fiesta. Jesús era sin duda el cordero llevado al matadero, como repetía el cuarto «Cántico del Siervo de Yahvé. Él era el que se ofrecía por la salvación de los suyos y aun de todo el mundo.

Pero Juan dijo todavía algo más. Aquel hombre, cordero y servidor, venía a quitar el pecado del mundo. Ése era el sueño y el ideal de todos los grandes profetas de antaño. El reino de Dios habría cíe ser un reino de santidad.

Un momento antes del bautismo de Jesús, el Evangelio de San Mateo transcribe un breve diálogo entre los dos. Juan parece resistirse: él es quien debía de ser bautizado por Jesús. Pero éste le dice, con una frase un tanto misteriosa, que ambos han de cumplir «toda justicia’ (cf. Mt 3, 13-15). Tanto Juan como Jesús hacen suya la voluntad de Dios. Por ellos pasa la historia de la salvación.

El mártir

Juan era tan sólo una voz. Pero una voz que inquietaba y despertaba a los espíritus dormidos. Una voz profética que anunciaba y denunciaba.

Un profeta como Juan no podía morir en una tranquila ancianidad. Pronto habría de ser encarcelado por orden de Herodes. Pero ese episodio martirial lo celebramos en otro día de fiesta, que la Iglesia ha señalado para el 29 de agosto.

José Román Flecha Andrés

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡ No! Se va a llamar Juan». Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así». Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre» Y todos se quedaron maravillados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Reflexión del Evangelio de hoy

Se va a llamar Juan

Dios a la hora de acercarse a los hombres ha dado sus pasos. Antes de hacernos el gran regalo de su hijo Jesús, quiso que un precursor empezase a hablar de él con fuerza. Ese precursor fue Juan el Bautista. Desde antes de su nacimiento, los signos especiales le rodearon. Nace de unos padres, Zacarías e Isabel, ya de avanzada edad y siendo Isabel estéril hasta entonces. Se rompe la tradición de llamarle como a su padre y le llamarán Juan porque está acorde con la misión que va a realizar. Juan significa “Dios es propicio”, “Dios se ha apiadado”, “Dios es misericordia”.

Su misión va a ser presentar a Jesús, el Mesías, como el que nos quiere a todos los hombres, el que siempre nos es propicio, el que siempre con nosotros va a tener entrañas de misericordia y nunca de estricta justicia y de castigo.

Llegado el tiempo, se dedica de lleno a proclamar la próxima venida de nuestro Salvador a orillas del Jordán. A los que hacen caso a su predicación les bautiza como signo de que quieren abandonar su vida de pecado y meter de lleno a Dios en su corazón. Viviendo así una vida nueva.

Juan, como amigo de Dios, lleva también en su corazón la verdad y la humildad. Por eso, con toda sencillez y humildad pregona a todos los que se acercan a él que no es el Mesías, al que nos es digno ni de desatarle las correas de sus sandalias. Y cuando aparece Jesús y es también bautizado por Juan, les pide que se queden con Jesús y no con él. “Conviene que él crezca y yo mengue”. Que es lo mismo que decirles: “Seguid a Jesús que es el Hijo de Dios, el verdadero salvador de los hombres y no a mí”.

Y esa es la misma indicación que Juan el Bautista nos a hace también a nosotros cristianos del siglo XXI. Lo nuestro es amar y seguir a Jesús. Todo lo demás viene por añadidura.

 

Fray Manuel Santos Sánchez O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)

 

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