SÁBADO DE LA SEMANA XXI DEL TIEMPO ORDINARIO / CICLO B – SAN AGUSTÍN DE HIPONA

SÁBADO DE LA SEMANA XXI DEL TIEMPO ORDINARIO / CICLO B – SAN AGUSTÍN DE HIPONA

San Agustín de Hipona. Obispo y doctor de la Iglesia

Consagró su vida a devolver la unidad rota a la Iglesia de África. Destacó por su entusiasmo, su espíritu conciliar y conciliador, su generosidad y por su apuesta por el diálogo. Todo ello facilitó que católicos y donatistas alcanzasen la reconciliación, haciendo de Agustín de Hipona una referencia para el ecumenismo del nuevo milenio.

Agustín nació el 13 ele noviembre del año 354 en Tagaste (Numidia), hoy Souk Abras (Argelia) y murió el 28 de agosto del 430 en Hipona (Hippo Regios), Bona bajo la ocupación francesa, hoy Armaba (Argelia). Hijo de Patricio y Mónica, lo que hoy llamaríamos un matrimonio mixto, tuvo dos hermanos: Navigio y la hermana cuyo nombre se ignora. Consejero municipal y modesto propietario y pagano, Patricio, el padre, abrazó la fe católica antes de morir. Mónica, la madre, excepcional mujer y santa de una pieza, consiguió también a fuerza de lágrimas y oraciones, la conversión del hijo Agustín, a quien llegó a ver consagrado a Dios.

Africano según todos los indicios, de raza y nacimiento, fue ciertamente romano por lengua y cultura. Aprendió las primeras letras en su pueblo natal, cursó los estudios medios en la cercana Madaura y los superiores en Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-83), Roma (384) y Milán (otoño del 384-verano del 386), donde ejerció como profesor. Dominó brillantemente la lengua y el saber latinos. Retórico, malabarista de las palabras y un verdadero orfebre del idioma latino.

Genio de la humanidad

San Agustín es, sin duda, el más grande de los padres de la Iglesia y uno de los genios más eminentes de la humanidad. Su influencia durante los siglos ha sido permanente y profunda. Las pasadas generaciones adornaron su nombre con múltiples títulos: los teólogos apostaron por el “Doctor de la Gracia”, pero el pueblo sencillo dio en la diana cuando prefirió “El más sabio de los santos y el más santo de los sabios”.

La personalidad

Agustín de Hipona es una personalidad compleja y profunda, atractiva y simplicísima: fue filósofo, teólogo, místico, humanista, poeta, orador, polemista, escritor y pastor. Una persona a la que casi nadie o muy pocas de cuantas han florecido desde el principio del género humano hasta hoy se le pueden comparar. Cualquiera que se adentre por las páginas de un libro bien orquestado acerca de los temas que acabo de citar en torno a su poliédrica personalidad se encontrará no tardando con «un hombre incomparable de quien todos en la Iglesia y en Occidente nos sentimos de alguna manera discípulos e hijos». El hombre que acertó a compaginar, en admirable consorcio y delicada conjunción, la razón y la fe, la libertad y la gracia, la religión y la cultura, el orden y la armonía. Humanista y eclesiástico, se supo, una vez convertido, “todo de Dios, todo en Dios y todo para Dios”.

La conversión y el bautismo

Fue singular, «ya que no se trató de una conquista de la fe católica, sino de una reconquista. La había perdido, convencido, al perderla, de que no abandonaba a Cristo, sino más bien a la Iglesia»). Agustín cayó de joven en la secta del maniqueísmo. Su evolución interior arranca del Hortensio de Cicerón, cuya lectura le había despertado el entusiasmo por la sabiduría, aunque también profundas huellas racionalistas. A los diecinueve años abandonó la fe católica y abrazó el maniqueísmo. Un tiempo en el que unió su vida a la de una joven con quien llegó a tener un hijo, Adeodato. El retorno, en cambio, a la fe católica fue un proceso lento y trabajoso. Y la gran lección que de todo ello queda es que quien busca la Verdad, aunque por el camino tropiece y caiga, acaba encontrándola. Estamos ante una conversión ele tipo intelectual primero y cordial después.

En la noche del 24 al 25 de abril del año 387, vigilia pascual aquel año, Agustín recibe el bautismo junto a su hijo Adeodato y su amigo Alipio, futuro obispo de Tagaste, de manos de San Ambrosio. Fue y permaneció siempre el gran convertido. Grande por los admirables efectos que la conversión obró en su vida, y grande también por la continuada actitud de humilde adhesión a Dios, así como por la fe total en la gracia divina.

Padre y Doctor de la Iglesia

Dos dimensiones de su eclesiología despiertan hoy particular interés: la cristológica y la pneumatológica. Cristológica, en cuanto que Jesucristo asiste a su Iglesia, está en ella presente de modo continuo corno su cabeza, según la famosa doctrina del Christus totus. Como único mediador y redentor de los hombres, Cristo es cabeza de la Iglesia, Cristo y la Iglesia son una sola Persona mística, el Cristo total: «Admirados, gozad; nos hemos convenido en Cristo. Pues si él es la cabeza, nosotros seremos sus miembros: el hombre total somos él y nosotros».

Y junto a este bello perfil, se aprecia también atractiva y con airoso futuro la pneumatología. Porque el alma del cuerpo místico es el Espíritu Santo, vida del Pueblo de Dios, principio de comunión, fuente inagotable de la prodigiosa expansión y universalidad de la Iglesia, pues «lo que es el alma con respecto al cuerpo del hombre, eso mismo es el Espíritu Santo con respecto al cuerpo de Cristo que es la Iglesia»

Actual y de enorme interés ecuménico me parece asimismo su eclesiología de comunión, forjada, sobre todo al aire de la controversia donatista. Tres modos diversos, pero convergentes, emplea nuestro autor para referirse a la koinonía eclesial: el primero es la comunión de los sacramentos o realidad institucional fundada por Cristo sobre el cimiento de los apóstoles; el segundo es la comunión de los santos, o realidad espiritual, que une a los justos desde Abel hasta el fin de los siglos; y el tercero, la comunión de los bienaventurados, o realidad escatológica, que congrega a cuantos han conseguido la salvación, es decir, a la Iglesia sin mancha ni amiga.

No basta con estar dentro de la Iglesia. Se requiere, además, ser Iglesia, koinonía, o comunión; es preciso construir a diario la Iglesia a base de sentir a la Iglesia, sentir con la Iglesia y sentirse uno mismo Iglesia, de suerte que ninguno de los problemas que preocupan al mundo nos resulten ajenos. Porque el sentir conduce inevitablemente al compartir, y compartir es ya evangelizar. En las relaciones humanas el papel de la amistad -otro término clave de la doctrina agustiniana- es definitivo. También lo es, dentro de la Iglesia, el diálogo, sin cuyo concurso resultarían imposibles ya la colegialidad, ya la comunión.

San Agustín consagró su entera vida de pastor de almas a devolver a la Iglesia de África la unidad rota por el cisma donatista. El entusiasmo derrochado en la tarea, su espíritu conciliar y conciliador, de mano amiga y generosa con el hermano disidente, su infatigable recurso al sereno coloquio para hacer luz en la verdad completa y llegar así, católicos y donatistas, a la reconciliación deseada, convienen a nuestro Agustín de Hipona en obligada y aleccionadora referencia para el ecumenismo del nuevo milenio. Su cita en los sínodos africanos -¡cómo no recordar sus intervenciones en la Conferencia ecuménica de Cartago el año 41!- constituye un espléndido paradigma de colegialidad, y la prueba palpable de que tampoco ésta debe prescindir del sensus Ecclesiae de los fieles.

El autor que en las Confesiones escribe «nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», cierra su obra volviendo con la plegaria al mismo punto de partida: “Señor Dios, danos la paz, puesto que nos has dado todas las cosas; la paz del descanso, la paz del sábado, la paz sin ocaso, porque también entonces descansarás en nosotros, del mismo modo que ahora obras en nosotros; y así será aquel descanso tuyo por nosotros, como ahora son estas obras tuyas por nosotros”.

Agustín conquistó la paz del descanso en el Señor, el 28 de agosto del año 430.

Pedro Langa, O.S.A. en José A. Martínez Puche (dir.), Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y rechinar de dientes”».

 

Reflexión del Evangelio de hoy

“Como has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor”

Este pasaje evangélico de Mateo, parece que nos presenta a un Dios, transformado en un amo severo, exigente, que solo le interesa la productividad, sin embargo, es todo lo contrario, se ve en el trasfondo de este texto que se fía y confía tanto del que tiene diez talentos, como del que solo tiene uno, porque, para Él, los dos son sumamente valiosos.

El Señor a todos nos regala constantemente diversos dones, cualidades, talentos, no solo para beneficio o interés propio, sino para el bien de las personas que nos rodean. Los talentos no son un derecho. Cada uno tenemos que descubrir en nuestra vida, en el día a día, cómo podemos colaborar en la construcción del Reino de Dios en la sociedad que tenemos y nos ha tocado vivir.

El don o talento, es un regalo lleno de amor que recibimos de Dios, para que lo acojamos con libertad, sin miedos, sin comparaciones: éste tiene más que yo, no, esta no es la actitud para aceptar este regalo. Por eso, debemos dejar que la acción santificadora del Espíritu Santo toque nuestras vidas, para responder con coherencia.

Los dones, talentos o cualidades que he recibido, ¿realmente los pongo al servicio de los demás? ¿Cómo los veo, como una carga o como una oportunidad para acercarme a los demás? ¿Qué actitud tengo ante ellos: de comodidad, sólo para mí, o de generosidad y entrega “complicándote” la vida por los demás?

En este evangelio aparece el pecado de omisión, al que generalmente poco caso hacemos en nuestra vida. Jesús nos dice que no sólo no hay que hacer el mal, sino que hay que hacer el bien. Tenemos que estar vigilantes, aprovechar bien el tiempo y los dones regalados por Dios y ponerlos a su servicio, para que nuestra vida no sea insípida, no quede estancada. Demos gracias a Dios cada mañana por el nuevo día y demos gratis lo que hemos recibido gratis.

Monasterio de Santo Domingo – Dominicas- San Sebastián

 

Parroquia Sagrados Corazones
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