SÁBADO DE LA SEMANA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

SÁBADO DE LA SEMANA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

PALABRAS DEL SANTO PADRE

«No se puede pensar en un cristiano inmóvil: un cristiano que permanece inmóvil está enfermo, en su identidad cristiana, tiene alguna enfermedad en esa identidad. El cristiano es un discípulo para caminar, para ir. (…) En el momento mismo de su despedida, el Señor nos ordenó: ‘Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio’. ¡Vayan! ¡Caminen! O sea que el primer rasgo de la identidad cristiana es ir, caminar aunque haya dificultades, y caminar superando todas las dificultades». (Santa Marta 14 de febrero de 2014)

Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 9-15

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Reflexión del Evangelio de hoy

Es evidente el milagro… les prohibiremos con amenazas

Jefes del pueblo, ancianos y escribas, sumo sacerdote Anás, Caifás y Alejandro y los demás que sois familias de sumos sacerdotes…A vosotros, arquetipo del miedo en la condición humana, os digo:

-No tenéis más autoridad que la que dimana por la fuerza de la extorsión, manipulación, amenazas. Es la actuación propia de la gente necia: «por más que miran, no ven, por más que oyen, no entienden»(cfr. Mc 4,12).

Cerrazón frente a lo evidente. Tan sólo se permite la sorpresa (estaban sorprendidos), abortando cualquier búsqueda que dé razón a la respuesta no hallada.

Se opta por la tiniebla frente a lo diáfano, deliberando posibilidades para seguir anclados en lo que supone mordisco de iniquidad, vileza.

Bien sentenciaba el salmista: «El malvado…renuncia a ser sensato y a obrar bien; se obstina en el mal camino, no rechaza la maldad» (Sal 35, 4-5).

Cabe preguntarse: – ¿Y yo? ¿Soy botín de la complicidad de turno, porque me puede más la deseabilidad social que la autenticidad en mi vida?; o por el contrario, – ¿me ATREVO a que ese Pedro y Juan que porto en mi esencia ponga en tela de juicio a ese Sanedrín inoculado en mi interior y que se llama personaje, que moviliza mi rutina y convencionalismos en aras de lo religiosamente correcto y me trae a mal traer? Se sienta en el banquillo de los acusados al personaje cuando me atrevo a preguntarme y cuestionar: « ¿es justo a los ojos de Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él?».

Como siempre, la elección a tomar está servida.

Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón. María Magdalena, la primera predicadora del triunfo de la VIDA sobre la muerte, ha experimentado hasta los tuétanos el Amor de Dios manifestado en su Hijo Jesús, el Cristo. En ella se cumple el vaticinio del salmista: «viviré para contar las hazañas del Señor» (Sal 117,17).

Quien se cierra a esta experiencia la niega y por ello lo que debiera suponer duelo y lágrimas eventuales se convierte en constante de vida. Son pasto de la incredulidad. La fe en el Resucitado se visiona como un asunto gazmoño, irracional, enarbolando la bandera del sentimiento apoyado en la razón.

Incredulidad y dureza de corazón en el Sanedrín y sus esbirros e incredulidad y dureza de corazón en el grupo de los discípulos de Jesús de Nazaret. En los primeros, el origen del escepticismo viene de la mano del peligro de perder su poder y estatus económico fruto de ostentar el liderazgo religioso. En los segundos encontramos una fe horizontal, muy a la pata llana, aún no zambullidos en la coordenada vertical. Eso acontecerá en Pentecostés.

La cuestión se dilucida en dar o quitar crédito a la Palabra de Dios. Abrahán, nuestro padre en la fe «pensó que Dios tiene poder para resucitar al hombre de entre los muertos» (cfr. Hb. 11,19). No es tema baladí.

Y tú, ¿lo crees?

Sor Mª Ángeles Calleja O.P.
Monasterio Santa Catalina – Paterna
Parroquia Sagrados Corazones
parroquia.sscc.madrid@gmail.com
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