Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Con la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, culminamos el Año Litúrgico, durante el que hemos ido celebrando  que Dios Padre nos ha  sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, como nos canta san Pablo en el himno de la carta a los Colosenses…

Con la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, culminamos el Año Litúrgico, durante el que hemos ido celebrando  que Dios Padre nos ha  sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, como nos canta san Pablo en el himno de la carta a los Colosenses (2ª lect.).

   Jesús es rey. Así lo  confiesa él mismo ante Pilatos; pero añade que  su realeza no es como las de este mundo, pues él quiere conquistar los corazones y transformar la sociedad con la luz que irradiará  desde su trono, que es la cruz.

   En nuestro mundo hay dos reinos contrapuestos: el del mal y el del bien; el de las tinieblas y el de la luz; el de la muerte y el de la vida; el del pecado y el de la gracia; el del odio y el del amor; el de la división y el de la reconciliación; el de la dureza de corazón y el de la misericordia…

   Precisamente hoy finaliza también el Año Jubilar de la Misericordia. Esta coincidencia pone aún más de relieve que la misericordia,  expresión de un amor hasta el extremo, es el compendio del reino de Dios.

   El Papa, en su Exhortación el Rostro de la Misericordia, nos dice que hoy, al cerrar la Puerta Santa, encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el mismo cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que difunda su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el futuro próximo. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros (nº 5).

   El relato evangélico de hoy nos narra que, ante las pretensiones de Jesús de ser rey, los magistrados, los soldados y uno de los malhechores crucificados se mofan de él. Es claro que Jesús fue un incomprendido y que  sigue siéndolo incluso entre nosotros. En la práctica no estamos muy de acuerdo con los medios que él emplea y el camino que nos aconseja seguir para que la semilla del reino de Dios vaya trasformando e iluminando las tinieblas de nuestro mundo y para que alcance a todas las gentes el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz (ver prefacio de la misa de  hoy).

   El camino que siguió Jesús y que nos señala a nosotros, no es otro que el de la cruz: amor y servicio,  perdón y misericordia; pero este camino rompe nuestros esquemas; nos cuesta entender que esa es la senda para construir la civilización del amor.

   Uno de los crucificados sí que supo descubrir el amor inmenso que había en el corazón de aquel que, a su lado, era injustamente ajusticiado; palpar ese amor le llevó a comprender que en verdad Jesús era rey, pero rey por  su  amor incondicional incluso a los que le habían crucificado; por eso, no duda en dirigirse a él con toda confianza: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesús, lleno de afecto, le promete: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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