NAVIDAD: ¡Abrid las puertas al Niño!

NAVIDAD: ¡Abrid las puertas al Niño!

En el Adviento nos hemos preparado para celebrar la Santa Navidad: En nacimiento del Enmanuel = el Dios-con-nosotros. A lo largo de cuatro semanas hemos ido abriendo las puertas de nuestra familia, de nuestra parroquia y de nuestro corazón para acoger a Dios en el prójimo, para sentir el consuelo divino y poder derramar consuelo, para dejarnos invadir de esperanza y de gozo …

En el Adviento nos hemos preparado para celebrar la Santa Navidad: En nacimiento del Enmanuel = el Dios-con-nosotros. A lo largo de cuatro semanas hemos ido abriendo las puertas de nuestra familia, de nuestra parroquia y de nuestro corazón para acoger a Dios en el prójimo, para sentir el consuelo divino y poder derramar consuelo, para dejarnos invadir de esperanza y de gozo.

   Con insistencia hemos suplicado: Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!, y hoy escuchamos la respuesta: Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy <<en vuestra ciudad>> os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.

   ¿Cómo nos responde Dios? ¡Dios es desconcertante! Nuestra sociedad y cada uno de nosotros necesitamos ser salvados: curados y sanados de muchas heridas, males y sufrimientos que punzan el cuerpo y el espíritu. ¿Cuál es el remedio que escogemos nosotros para superar  nuestros males?

Buscamos, y a veces de forma exclusiva, los  remedios humanos en la ciencia, en el poseer, en el poder …, y olvidamos el que nos está ofreciendo Dios. Un

 Dios desconcertante porque nos da una señal de salvación  inesperada: un niño. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

   ¿Cómo puede un niño desvalido y pobre ser sanación de los males que afectan a los hombres? Porque solamente viviendo los valores y cualidades que brillan en un niño, nuestra sociedad puede transformarse. Nuestro mundo sufre de odios y rencores, de violencias, guerras y muertes, de falta de amor y fraternidad; padece  de soledad, de mucha soledad, de frialdad, de desolación, de sufrimiento … El niño, en cambio, es fruto del amor; es lo más entrañable, lo más dulce y amoroso; un niño logra desarmarnos y  embelesa, incluso a las personas más duras y adustas; en torno a la cuna de un niño las diferencias y distancias se diluyen, y las personas se acercan. Un niño nos hace sentir la vida y crea una atmósfera de amor y comunión. Sólo el amor sana y da vida.

   Si todo niño es fruto del amor, el Niño que hoy nos ha nacido es fruto del amor de Dios hacia la humanidad: Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo …’ y Él, Jesús, nos amará hasta el extremo.

   ¡Abramos, pues, las puertas al Niño para que con Él entre el Amor, la Luz y la Paz: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

¡Feliz Navidad!

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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