MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

PALABRAS DEL SANTO PADRE

La multitud, marcada por sufrimientos físicos y miserias espirituales, constituye, por así decir, «el ambiente vital» en el que se realiza la misión de Jesús, hecha de palabras y de gestos que resanan y consuelan. Jesús no ha venido a llevar la salvación en un laboratorio; no hace la predicación de laboratorio, separado de la gente: ¡está en medio de la multitud! ¡En medio del pueblo! […] Es una humanidad surcada de sufrimientos, cansancios y problemas: a tal pobre humanidad se dirige la acción poderosa, liberadora y renovadora de Jesús. Así, en medio de la multitud hasta tarde, se concluye ese sábado. ¿Y qué hace después Jesús? Antes del alba del día siguiente, Él sale sin que le vean por la puerta de la ciudad y se retira a un lugar apartado a rezar. Jesús reza. De esta manera quita su persona y su misión de una visión triunfalista, que malinterpreta el sentido de los milagros y de su poder carismático. Los milagros, de hecho, son «signos», que invitan a la respuesta de la fe; signos que siempre están acompañados de palabras, que las iluminan; y juntos, signos y palabras, provocan la fe y la conversión por la fuerza divina de la gracia de Cristo. ÁNGELUS 4 de febrero de 2018

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea.

 

Reflexión del Evangelio de hoy

“Para eso me han enviado”

Jesús atiende a los que necesitan su ayuda. Puede ser la suegra de Pedro en el secreto de su casa. Puede ser a vista de todos en el caso de los “endemoniados” que a él se acercan. Pero, una vez más,  no quiere hacerse publicidad con los milagros. Ni quiere que los demonios expulsados, proclamen su divinidad, Hijo de Dios, el Mesías; ni que la gente haga de él un héroe: se retira en el momento del éxito popular a “un lugar solitario”.  Tampoco quería que se apropiaran de su vida. Huye de la aceptación del momento cuando quieren retenerlo, para ir a nuevos lugares y dirigirse a otros pueblos; “a los que tiene que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”.

La grandeza de Jesús de Nazaret está en su fidelidad a la misión del Padre, “para eso me han enviado”. No en la aceptación que pueda tener en ciertos momentos. En las sinagogas, no tendrá siempre esa aceptación. En especial, por parte de los miembros más significados de ellas, escribas, fariseos…etc.

Si nos preguntáramos para qué hemos sido enviados al mundo, no sé si tendríamos respuesta. Sin embargo existe una elemental, pero cierta: para ser mejor lo que somos como seres humanos. O lo que es lo mismo para ser buenas personas. Los que hemos sido llamados a seguir a Jesús de Nazaret, entendemos ser buenas personas, como imitar a la mejor representación de la condición humana, que es el mismo Jesús, y ajustarnos a su mensaje. Que se puede resumir en lo que Pablo dice a los Colosenses, fe en Jesús y amor al pueblo.

Fray Juan José de León Lastra O.P. – Convento de Santo Domingo (Oviedo)

 

Parroquia Sagrados Corazones
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