MIÉRCOLES DE LA III SEMANA DE PASCUA / CICLO B

MIÉRCOLES DE LA III SEMANA DE PASCUA / CICLO B

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 35-40

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Reflexión del Evangelio de hoy

Sangre de mártires semilla de cristianos

Vivimos tiempos de alegría pascual. A esa alegría se une el constatar que los primeros seguidores de Jesús vivieron con riesgo decidido la confesión de esa Resurrección. Dos jóvenes tienen especial protagonismo en la liturgia de este día. Uno de ellos es Esteban, diácono, primer mártir de la iglesia naciente, apedreado por confesar a Jesucristo. “Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él”. Frente a él, Pablo, joven fariseo que se ensañaba persiguiendo a los seguidores de Jesús. Ambos ocupan un lugar especial en esos primeros momentos de la iglesia, aunque por motivos bien distintos.

La sangre de Esteban “será semilla de cristianos” ya que de esa primera persecución saldrá la necesidad de abandonar Jerusalén, a excepción de los apóstoles, y dispersarse por Judea y Samaría. “Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el evangelio”.  Pablo, por su parte, se dedicará a entrar en las casas y llevar a la cárcel a hombres y mujeres. Tendrá que pasar un tiempo hasta que se encuentre con Jesucristo y se convierta en apóstol para llevar a Jesús al mundo pagano. Misterios de la acción de Dios en los hombres.

Las palabras de Jesús cobran vida en aquellos primeros seguidores: “De verdad os lo aseguro: si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, él queda solo; pero, si muere, produce mucho fruto» (Jn 12,23s).

La alegría que acompaña la llegada del Evangelio

Las persecuciones se van sucediendo, pero el evangelio va arraigando poco a poco y pronto será conocido por una multitud de personas que afrontan con entereza el acoso de los que se oponen. El relato nos habla de Felipe predicando en Samaría y cómo sus oyentes constatan signos que dan fuerza a sus palabras. El relato concluye con unas palabras significativas: “Y hubo gran alegría en aquella ciudad”. Esta alegría parece algo característico en la acogida del mensaje de Jesús. El Evangelio produce en los hombres una alegre disposición de ánimo. Ya en el primer relato sumario de la primitiva Iglesia que nos presenta los Hechos de los apóstoles, se refleja esta alegre disposición de ánimo, cuando se dice que los creyentes se reunían: «día tras día, continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón».

No es extraño que muchos se sintieran atraídos por el ejemplo de esas buenas personas que confesaban su fe en Jesucristo y lo hacían con entusiasmo.

Es estimulante comprobar que el Evangelio siempre es portador de alegría allí donde llega y es asumido con sencillez. Quizá esa alegría se convierta  en el termómetro que señala nuestra vivencia real del Evangelio.

Yo soy el pan de vida

Comienza el discurso “del pan de vida”. Va precedido de la búsqueda de Jesús por parte de aquella gente que ha vivido la multiplicación de los panes y los peces. Esa búsqueda es interesada y el mismo Jesús les reprocha que lo busquen solo porque les ha calmado el hambre. Por eso les propone que se “esfuercen no por el alimento que perece, sino por el que da la vida eterna”. La gente parece que entendió sus palabras y por eso le preguntan qué deben hacer para actuar como Dios quiere. Él les responde que crean en aquél que Dios ha enviado. Ante la petición de señales, Él responde con el discurso del “pan de vida”.

En él queda clara la voluntad salvadora de Dios a través de Jesucristo. Él no rechazará a nadie “ya que la voluntad del Padre es que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna”. La salvación de Dios no tiene privilegiados, está abierta a todos, ya que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, como recuerda S. Pablo en la 1ª carta a Timoteo.

¿Qué es el pan de vida?

Este “pan de vida” ha tenido dos interpretaciones a lo largo de la historia. Para algunos, apoyándose en los libros sapienciales del Antiguo Testamento, “el pan” sería la misma doctrina de Jesús. Equivaldría a la revelación de Dios que nos descubren las palabras de Jesús. Por tanto, tendría un sentido alegórico. Para otros, en cambio, el pan haría referencia a la carne de Cristo, pan eucarístico sacramental.

 

Una interpretación ecléctica incluiría ambos conceptos y el discurso sería a la vez sapiencial y eucarístico. Quizá sea la interpretación más adecuada. El pan de vida incluye la revelación de Jesús, Hijo de Dios, y también aludiría al cuerpo de Cristo.

Nosotros y el “pan de vida”

¿Qué nos dice a nosotros este discurso, creyentes en Jesús, que caminamos en medio de esta pandemia que nos tiene atenazados y atemorizados? Nos invita a confiar en Jesucristo, conscientes de que esas palabras son vida y transmiten vida. Por eso, son una invitación a escucharlas y a compartir su cuerpo en la Eucaristía. Él nos garantiza que el que acude a Él “no volverá a tener hambre; el que cree en Él nunca tendrá sed”. Es vivir sabiendo que los deseos más profundos de nuestro corazón se saciarán y la felicidad irá haciéndose real en nuestra vida.

Son palabras que transmiten confianza y seguridad. Escuchar, ahondar en su mensaje, empaparse de sus palabras, es garantía de ir por el buen camino. Su palabra, que ha de dirigir nuestra vida, y la participación en la Eucaristía son garantía de que seguimos caminando con Él. Todo ello nos convierte en testigos que pueden señalar a otros por dónde caminar con más seguridad, sabiendo que Él está en medio de nosotros alentando nuestros días. Sería triste que esta realidad se nos fuera de las manos y todo quedara en la superficie. Ante ese riesgo las palabras del Papa Francisco son una llamada de atención: “Hay cristianos que son como esos cantos rodados de los ríos, que a lo mejor llevan años dentro del agua, pero se rompen y en su interior están completamente secos. La falta no está en el cristianismo sino en esos corazones que son como el de los judíos del evangelio: «han visto pero no han creído».

Seguro que todos nosotros queremos seguir creyendo sin exigir contraprestaciones a nuestra fe y dejando que Jesús esté vivo en nuestro corazón.

Que este tiempo pascual sea para todos, tiempo de la alegría, esa que nace de saber que Cristo ha resucitado y camina con nosotros.

Fray Salustiano Mateos  Gómara. Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

Parroquia Sagrados Corazones
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