MARTES DE LA XI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

MARTES DE LA XI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

PALABRAS DEL SANTO PADRE

Cuando hacemos algo bueno, a veces tenemos la tentación de ser apreciados y tener una recompensa: la gloria humana. Pero esta es una falsa recompensa porque nos proyecta hacia lo que los demás piensan de nosotros. Jesús nos pide que hagamos el bien (sólo) porque es bueno. Nos pide que nos sintamos siempre bajo la mirada de nuestro Padre celestial y que vivamos en relación con Él, no en relación con el juicio de los demás. Vivir en la presencia del Padre es una alegría mucho más profunda que la gloria mundana. Audio Mensaje de Francisco para la iniciativa «Keeplent» del servicio de pastoral juvenil de la prelatura de Pompeya. Miércoles de Ceniza, 10 de febrero de 2016

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Reflexión del Evangelio de hoy

El que siembra generosamente, generosamente también cosechará

Los capítulos octavo y noveno de esta carta tienen como tema central apoyar una iniciativa que quiere ayudar a los cristianos pobres de Jerusalén. La comunidad de Corinto se había comprometido a responder a los necesitados de aquella comunidad. Para crear ambiente había enviado a Tito y a alguno más. Además de su precaria situación, los miembros de la comunidad de Jerusalén estaban siendo perseguidos por su condición de seguidores de Jesús. Las palabras de Pablo son un estímulo, alentando a la generosidad; invitando a que cada uno lo haga en conciencia, pero con espíritu alegre. Con ello está manifestando su confianza en aquellos cristianos, porque ese gesto estaba expresando la madurez de su fe y es donde se manifestaba la gracia de Dios en medio de aquellos creyentes. El compartir con los que no tienen es signo de que la caridad es real entre los cristianos y ocupa el lugar que le corresponde. Pablo recuerda que es un gesto que tiene su principio en Jesucristo: “Conocéis bien la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” nos ha recordado en el capítulo 8 de esta carta. En ese mismo capítulo ha valorado la generosidad de la comunidad de Macedonia que, a pesar de su pobreza, ha insistido en participar en la «ayuda para los santos» en Jerusalén. Y es que, el compartir, tiene un efecto boomerang. Dios devuelve con generosidad a quien se preocupa de ser solidario con quienes no tienen. Ya en libro de los Proverbios se nos recomendaba: “Honra al Señor con tus riquezas y con los primeros frutos de tus cosechas. Así tus graneros se llenarán a reventar y tus bodegas rebosarán de vino nuevo”. (Prov. 3,9-10) El apóstol manifiesta alegría al descubrir actitudes tan solidarias que indican que lo que ha predicado no ha caído en tierra yerma, sino que va dando fruto en la conducta de los fieles. La solidaridad indica que esa comunidad ha valorado algo tan importante en su mensaje.

Dios ama al que da con alegría

Es interesante esta frase tan rica y tan sugerente. Es el segundo aspecto a resaltar en esta situación. Dar, compartir, no debe implicar tristeza por desprenderse de los bienes. Al contrario, debe producirnos alegría por lo que supone poder aliviar la pobreza de los demás. Jesús, nos recuerda Pablo, afirmó que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). No es tan importante la cantidad de lo que demos, siempre que se de con corazón, cuanto la actitud con la que lo demos. Tampoco hemos de sentirnos avergonzados si sólo pudimos dar una cantidad insignificante, si es lo poco que podemos dar. Dios mira más el cómo compartimos los recursos que tenemos. La actitud de compartir implica que somos responsables de lo que tenemos, algo de lo que no somos dueños, sino administradores. Cuando damos de lo que tenemos estamos siendo responsables de cuanto Dios nos ha permitido adquirir. El dominico P. Lacordaire aconsejaba: Una cosa les pido, nunca teman dar. Pero no den lo que les sobra, den hasta que les duela.     Preguntémonos: ¿Qué parte ocupa en mi programa el compartir con los necesitados?

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres

Lo que Pablo ha dicho en la primera lectura, la práctica de la solidaridad con los necesitados, se completa con lo que Jesús nos propone en el evangelio de este día. La necesidad de reconocimiento o aprobación tergiversa, con frecuencia, nuestra conducta. Queriendo agradar a Dios no es extraño que se nos cuele el afán de que se nos reconozca el gesto. Combatir ese impulso es un ejercicio de paciencia con nosotros mismos, para depurar, una y otra vez, nuestro actuar. Ante la tentación de querer exhibir la solidaridad como un trofeo, Jesús invita a no dejarnos arrastrar por lo que pueda ser el motivo de alabanza por parte de los demás. Por eso, nos insta a obrar desde la discreción. Su frase: “Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, resume una forma de actuar que encaja con toda la doctrina de amor al prójimo y de nuestro actuar ante Dios. Hemos de dar limosna de tal modo, que ni nosotros mismo tengamos la sensación de estar haciendo una cosa buena, por la que merezcamos una recompensa o elogio por parte de los hombres. La limosna se ha de entender, más bien, como una responsabilidad y cuando la ejercitamos estamos expresando la fuerza de la fe en nuestra vida. Todo lo que llevemos a cabo debe ser realizado teniendo siempre la presencia de Dios ante nosotros. Solo su mirada debe ser la que nos preocupe. Vivir con esta perspectiva es sentirnos imbuidos de su realidad. Es un principio sano porque nos aleja de un obrar vacío, donde la motivación espuria no interfiere en nuestra conducta.

Tu padre que ve en lo secreto te recompensará

Hay actitudes en nuestro comportamiento que no se ajustan al modo de obrar de Jesús, por eso Él incide, con frecuencia, en ellas invitando a desterrarlas de nuestra vida. Es la línea profética con la que conecta Jesús y donde se destaca la interioridad, el corazón, frente a las apariencias y el postureo. En lo bueno y en lo malo Dios ve nuestro interior, las razones que nos mueven a obrar. El dar limosna es una forma de participar en la creación de un mundo más justo, donde nadie es extraño. Es vivir sintiéndonos formando parte de la gran familia de los hijos de Dios. El carácter individualista, en el que nos desenvolvemos, niega la fraternidad y reduce nuestra vida a un pequeño círculo. El evangelio nos llama a ser abiertos y generosos. Sabiendo que “nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará”. Ya en sí mismo es un motivo de alegría poder ayudar compartiendo; máxime cuando lo hacemos de corazón, que es lo que a Dios le agrada. Esa recompensa es la única que merece la pena. Lo demás no es sino la búsqueda inútil de recompensas efímeras que nos alejan y nos convierten en farsantes. Podemos preguntarnos: ¿Soy responsable del uso que hago de los bienes que poseo? ¿Contribuyo, en lo que puedo, a erradicar la pobreza que observo a mi alrededor? Como veis, me he centrado en un aspecto del evangelio de hoy. El texto completo lo hemos meditado en el comienzo de la cuaresma. Es la razón por la que no he aludido al tema de la oración y el ayuno. Por hoy es suficiente destacar la discreción y el alejamiento de vivir buscando el aplauso por nuestras buenas obras.

Fray Salustiano Mateos  Gómara. Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

 

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