MARTES DE LA VIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

MARTES DE LA VIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

PALABRAS DEL SANTO PADRE

Seguir a Jesús, desde el punto de vista humano, no es un buen negocio: es servir. Él vino justamente para servir y no para ser servido. Por eso mismo, si el Señor te da la posibilidad de ser el primero, debes comportarte como el último, es decir, como uno que está siempre disponible al servicio. Y si el Señor te da la posibilidad de tener bienes, debes comportarte con ellos sin afan posesivo, sino con disponibilidad para compartirlos en cualquier necesidad o servicio, o sea, para servir a los demás. Hay tres cosas, tres pasos que nos alejan de Jesús: la riqueza, la vanidad y el orgullo. Por eso las riquezas son tan peligrosas, porque te llevan inmediatamente a la vanidad y te crees importante. Y cuando te crees importante, pierdes la cabeza y te pierdes a ti mismo. (Homilía Santa Marta 26 de mayo de 2015)

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,28-31

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más – casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».

Reflexión del Evangelio de hoy

Observar la Ley es hacer muchas ofrendas

El más importante sentido del culto a Dios es el Amor. El libro del Eclesiástico es una inspirada meditación de lo que significan las ofrendas en la religión mosaica más allá de lo establecido en la letra de la Ley. Para Dios lo que cuenta es la generosidad del corazón del creyente, su actitud pronta a responder al Amor de Dios con la entrega de la vida. Esto y no otra cosa es el culto y la Ley.

Y este amor requiere un compromiso firme por apartarse de la injusticia. No podemos presentar la ofrenda si nuestras manos y nuestro corazón están vacíos por la ausencia de compromiso frente al mal que nos rodea y menos todavía si éste nos ha alcanzado por comisión u omisión. Es esta ofrenda del compromiso sincero la que honra el altar y la más exquisita liturgia del culto.

Y ¡qué importante es también la alegría! No pocas veces tenemos esa imagen del culto, de la misa de cada domingo, donde todo parece rutina en los ritos: las preguntas, las respuestas… y todo reflejado en los rostros ausentes de los “participantes” Nos falta actitud, motivación… Nos falta creernos de verdad que Dios espera y está muy atento a cada ofrenda de amor y de vida que será asumida en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros

En el contexto del discurso sobre las riquezas y precediendo al tercer anuncio de la Pasión, San Marcos nos presenta una enseñanza bien significativa de lo que significa la fe y el seguimiento de Jesús. Dos palabras a mi modo de ver definen la actitud que debe tener un cristiano: la entrega incondicional a Cristo y el Evangelio y la humildad de corazón.

La entrega incondicional, la disponibilidad sin reservas es condición “sine qua non”. En otros muchos textos Jesús nos insiste en esta actitud. Cuando Él llama es porque antes te ha elegido desde siempre y espera, desde tu libertad, que le digas que sí. Pero, al mismo tiempo, es una vocación que te desarraiga de tus apegos y te llama a una fidelidad absoluta, pero también a una radical felicidad, a encontrar el sentido profundo de la vida.

Tan importante como esta disponibilidad, es la actitud humilde de quien ha sido llamado para el seguimiento de Jesús y, especialmente, la encomienda de un servicio a la comunidad de creyentes. La humildad es una gracia y, a la vez, un compromiso de amor. La primera Bienaventuranza que se refiere a los pobres de espíritu o pobres en el espíritu, nos indica con claridad que nada somos ni podemos sin el Señor y olvidar esto es, en el fondo, olvidarnos de quienes somos y de la responsabilidad que tenemos hacia los demás, nuestros hermanos, a los que debemos servir con caridad y diligencia.

“Cada uno, delante de sí mismo, sabe bien que, por más que se ponga a trabajar, queda siempre radicalmente incompleto y vulnerable. No existe un truco que cubra esta vulnerabilidad. Cada uno de nosotros es vulnerable, dentro. Debe ver en dónde. Pero, ¡Qué mal se vive si se rechazan los propios límites! Se vive mal. No se digiere el límite, está ahí. Las personas orgullosas no piden ayuda porque deben mostrarse autosuficientes. Y cuántos de ellos tienen necesidad de ayuda, pero el orgullo les impide recibir ayuda. Y cuán difícil es admitir un error y pedir perdón. Cuando yo doy un consejo a los nuevos esposos, que me dicen cómo llevar adelante y bien su matrimonio, yo les digo: “Existen tres palabras mágicas: permiso, gracias, perdón” [….] Porque el orgulloso no es capaz. No puede pedir perdón: siempre tiene razón. No es pobre de espíritu. En cambio, el Señor nunca se cansa de perdonar; somos nosotros, desafortunadamente, quienes nos cansamos de pedir perdón (cf. Ángelus 17 de marzo de 2013). El cansancio de pedir perdón: ¡esta es una fea enfermedad!”

Carlos José Romero Mensaque, O.P. Fraternidad “Amigos de Dios” de Bormujos (Sevilla)

Parroquia Sagrados Corazones
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