MARTES DE LA VI SEMANA DE PASCUA / CICLO B

MARTES DE LA VI SEMANA DE PASCUA / CICLO B

PALABRAS DEL SANTO PADRE

«En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; […] voy a prepararos un lugar» (v. 2). […] Hay un lugar reservado para cada uno. Hay un lugar para mí también. Cada uno de nosotros puede decir: hay un lugar para mí. No vivimos sin meta ni destino. Se nos espera, somos preciosos. Dios está enamorado de nosotros, somos sus hijos. Y para nosotros ha preparado el lugar más digno y hermoso: el paraíso. No lo olvidemos: la morada que nos espera es el Paraíso. Aquí estamos de paso. Estamos hechos para el Cielo, para la vida eterna, para vivir para siempre. Para siempre: es algo que ni siquiera podemos imaginar ahora. Pero aún más bello es pensar que este para siempre será totalmente en el gozo, en la comunión plena con Dios y con los otros, sin más lágrimas, sin más rencores, sin divisiones ni angustias. Pero, ¿cómo podemos llegar al Paraíso? ¿Cuál es el camino a seguir? Esta es la frase decisiva de Jesús. Lo dice hoy: «Yo soy el camino» (v. 6). Jesús es el camino para subir al cielo: tener una relación abierta con Él, imitarlo en el amor, seguir sus pasos. (Regina Coeli 10 de mayo de 2020)

Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Reflexión del Evangelio de hoy

¿Qué tengo que hacer para salvarme?

No fueron fáciles los primeros tiempos del cristianismo. Los mensajeros iniciales que llevan la noticia de Jesús resucitado se van encontrando con problemas causados por una comunidad asentada en sus ritos, sus normas y una forma de relacionarse con Dios que se resiste a mudar ritos y costumbres y, en algún caso, ve peligrar su puesto en aquella sociedad o sus medios de subsistencia.

Las gentes del común de Filipos se amotinan, detienen y encarcelan a Pablo y a Silas, pero, por mucho empeño que pongan, el Resucitado va por su camino y hace de aquella detención, de aquellas puertas cerradas, una puerta abierta a la conversión y el bautismo.

Es inútil luchar contra Dios y pensar que siempre triunfaremos sobre Él. Dios seguirá estando presente hagamos lo que hagamos, hablemos lo que queramos. Si el Espíritu sopla no hay forma alguna de parar ese viento.

Puede que esa situación sea parecida a la que vivimos en esta época que nos ha caído en suerte: Parece que el mundo que nos rodea está preparado para quitar a Dios de en medio y arranca cruces y las tira en escombreras o las guarda en almacenes donde esperarán tiempos más propicios para deshacerse de ellas. Mientras tanto los que decimos seguir a Cristo estamos callados, tal vez asustados, previendo el regreso de tiempos pasados de triste recuerdo. Nos olvidamos de que Dios siempre ayuda a los suyos, que por mucho que ataquen Dios seguirá vivo y la Iglesia, denostada, ninguneada, hecha objeto de irrisión, seguirá también viva porque por muchos que quieran destruirla, siempre habrá un carcelero que preparará la cena al apóstol y algún terremoto que abrirá las puertas.

Cristo ha resucitado y esa fuerza vital, que de Dios viene y solo en Dios tiene su meta, será suficiente para ayudarnos a salir de las angustias presentes y podremos decir con el salmista: Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad. Porque cuando te invoqué, me escuchaste.

Os conviene que yo me vaya

La cena sigue progresando y el discurso de Jesús desarrolla los temas que a lo largo de su vida predicadora ha dejado sembrados a lo largo y ancho de Galilea.

Jesús sabe que los discípulos apenas se enteran de lo que están escuchando y es el mismo quien tiene que hacer las preguntas que los discípulos no le están haciendo. Puede que pase, como nos está pasando ahora, que sabemos lo que está diciendo, lo entendemos perfectamente, pero no queremos darnos por aludidos.

Al igual que aquellos hombres, nosotros tampoco queremos que Jesús se vaya. No queremos que se vaya al Padre porque estamos muy seguros con él al lado. En pocas horas le veremos apresado, humillado y crucificado y correremos a escondernos asustados viendo que estamos en peligro. Preferimos un Jesús privado, personal, más que al que nos está anunciando.

Y era necesario que Jesús, el Cristo vivo, resucitado, vuelva al Padre. Es necesario que deje de ser en exclusiva el Maestro de los Apóstoles para que pueda llegar a su plenitud siendo el Maestro de toda la humanidad. No puede seguir siendo el Cristo doméstico si tiene que ser el Cristo universal. Por eso conviene que se vaya de lo particular, para que pueda hacerse presente en lo universal. La falta del Cristo humano y personal es necesaria para que el Espíritu venga sobre nosotros y aclare todas las nubes oscuras de la ignorancia que nos atenazan, entristecen y nos impiden vivir plenamente como hijos de Dios.

Aceptemos que Cristo tiene que marchar y busquemos al Espíritu que él nos envía, mejor aún, que ya nos ha enviado y se cierne sobre nosotros esperando que escuchemos el suave susurro de su presencia, le amemos y aceptemos su guía. Y sepamos que “El Señor completa sus favores con nosotros porque su misericordia es eterna y nunca abandonará la obra de sus manos. El Señor completará sus favores conmigo. Señor, tu misericordia es eterna, no abandonas la obra de tus manos.

Félix García O.P. Fraternidad de Laicos Dominicos de Viveiro (Lugo)

Parroquia Sagrados Corazones
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