LUNES DE LA SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO / CICLO B – SAN JUAN CRISÓSTOMO

LUNES DE LA SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO / CICLO B – SAN JUAN CRISÓSTOMO

San Juan Crisóstomo

Arzobispo y teólogo bizantino, segundo Patriarca de Constantinopla. Conocido por su elocuencia, sus dotes retóricas en la homilética. Venerado como santo por las iglesias católica y ortodoxa, y considerado doctor de la Iglesia

San Juan Crisóstomo nació en Antioquía, entre 344-354. Su padre, Segundo, pertenecía, con el grado cíe general, al Estado Mayor de la prefectura de Oriente, cuya capital era Antioquía. Murió muy joven, al poco de nacer su hijo Juan y cuando su viuda apenas rebasaba los veinte años. Ésta se llamaba Antusa, de linaje griego, y procedía de noble abolengo. En Juan confluían, pues, en feliz mezcla, las dos principales culturas que por entonces convivían en Antioquía.

Contaba Juan sus veinte años cuando se bautizaba durante la vigilia pascual, en la noche del 19 al 20 de abril del año 368. Desde ese momento, comenzó a frecuentar la escuela que Diodoro —obispo de Tarso más tarde— dirigía en la misma Antioquía, una institución que era a la vez cenobio, seminario y centro de estudios superiores, bíblicos y teológicos.

Pero en la conciencia de Juan seguía resonando la llamada de la vida monástica y, suelto ya el nudo de los afectos maternales, creyó llegado el momento de marchar a la soledad y abrazar la vida ascética con todas sus consecuencias. Se retiró, pues, al asceterio de Silpio..

De su predicación nos quedan numerosas y magníficas muestras: homilías, sermones, panegíricos etc. Y de la misma época proceden también sus mejores comentarios, casi siempre homiléticos, a la mayor parte de los libros de la Sagrada Escritura, donde ejercita los métodos exegéticos aprendidos de Diodoro de Tarso, aunque dándoles siempre un toque muy personal y significativo, por su preocupación pastoral, que le distingue de los otros comentaristas.

En estos doce años de ministerio presbiteral en Antioquía, su carisma de predicador consiguió los mejores frutos entre aquella versátil población, que solía escucharle atentamente y prorrumpir en aplausos con frecuencia, y su preocupación pastoral le hizo poner lo más posible por escrito, de modo que legó a las generaciones posteriores la impagable y magnífica herencia de sus obras, que hoy podemos leer y asimilar, al par que disfrutar.

Como obispo de Constantinopla su preocupación inmediata fue acabar con el cisma de Antioquía y la reforma y renovación de su diócesis. Dio un gran impulso a las celebraciones litúrgicas, no sólo como vivencia del misterio de Cristo, sino también como catequesis eficaz y escuela permanente de formación y crecimiento de los fieles en la fe verdadera.

 

El resultado más inmediato de esta acción pastoral fue, de una parte, el entusiasmo del pueblo llano, que siempre aplaude a quien ataca a los ricos y poderosos, y de otra, el resentimiento de los monjes, obligados a clausura, y la desconfianza y hostilidad de buena parte del clero, intrigante y frívolo, además de poderoso, que se sentía incomodado y humillado con las diatribas de Juan. […] Juan, siempre fiel a sí mismo y a sus principios, continuó en su predicación exhortando a la conversión y a la virtud, y fustigando los vicios sin temor a nadie y sin hacer excepción de nadie, algo que le valió el destierro, donde su ya quebrantada salud se fue debilitando paulatinamente.

La Iglesia griega le venera, junto con San Basilio y San Gregorio de Nacianzo, como «gran Maestro ecuménico», y la Iglesia latina, como Doctor de la Iglesia, junto a San Atanasio, San Ambrosio y San Agustín. El papa Juan XXIII puso bajo su patrocinio el Concilio Vaticano II. El título de «Crisóstomo» -o sea, “Boca de oro”- que quiere expresar y poner de relieve la admirable elocuencia del santo, no se le otorgó de manera general hasta el siglo VI, pero desde entonces casi ha llegado a sustituir al nombre propio.

Argimiro Velasco Delgado, O.P. en José A. Martínez Puche (dir.), Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 7,1-10

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga». Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle:

«Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; y a mi criado: «Haz esto», y lo hace». Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe». Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

 

Reflexión del Evangelio de hoy

Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe

El texto se sitúa en la actividad de Jesús en Galilea, en concreto en Cafarnaúm. Hasta ahora, el autor ha presentado a Jesús como profeta, en adelante lo mostrará como salvador a través de una serie de signos, entre los que se encuentra la curación del criado del centurión (7,1-10). Este oficial del ejército romano tiene un siervo gravemente enfermo y al oír hablar de Jesús, envía un grupo de ancianos de la comunidad judía, para que le pidan la curación de su siervo. Los enviados se convierten en buenos mediadores de la petición del centurión, acreditando ante el Maestro de Nazaret los favores que este pagano ha hecho por el pueblo, especialmente la construcción de la sinagoga. El Señor se pone en camino, pero el centurión, cayendo en la cuenta de que Jesús al entrar en casa de un pagano quedaría impuro, envía a otro grupo de amigos encargados de expresar su petición reconsiderada. Bastará con que Jesús dé la orden con su palabra para que su siervo quede sanado, pues él como militar conoce el dinamismo de la palabra ordenada a los que están a su cargo. Considera que el poder (exousía) que tiene Jesús sobre la enfermedad puede hacerlo actuar desde cualquier parte, sin que sea necesario ni el contacto físico ni la cercanía; su palabra, por sí misma, es generadora de salud, de salvación. Jesús, al oírlo, queda admirado ante la mayor confesión de fe que ha escuchado y declara que la fe de este pagano es mayor que la de cualquier israelita. Las palabras del centurión muy pronto pasarán a ser confesión de fe de toda la comunidad cristiana y así han llegado hasta nosotros haciéndolas propias en cada Eucaristía: “Señor, no soy digno/a de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastara para sanarme”. Cuando yo las pronuncio cada domingo, ¿me creo que la Palabra de Jesús es para mí generadora de vida, de salud, de salvación?

Hna. Mariela Martínez Higueras O.P. – Congregación de Santo Domingo

 

Parroquia Sagrados Corazones
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