LUNES DE LA SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

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LUNES DE LA SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

 

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

 

 

Santo Domingo de Guzmán y Aza | Real Academia de la Historia

 

El santo fundador de la Orden de los Predicadores, más conocida como ‘los dominicos’, es más bien desconocido entre la inmensa mayoría del pueblo cristiano. Poco importan los motivos, pero así es. Domingo, que así se llamaba, al que la tradición le añadió ‘de Guzmán’, nació en un pueblo de Castilla (España) a finales del siglo XII cuando buena parte de lo que hoy llamamos España era multirracial y de religión musulmana. Domingo nació en una zona donde ya los cristianos habían desplazado a los musulmanes décadas atrás y se encontraba en pleno proceso de repoblación. Es muy posible que ‘la nobleza’ de la familia de Domingo estuviera vinculada a los caballeros militares que participaron en esas lides. Sin embargo, él, como sus hermanos, por carácter e influencia de su madre, Juana, fueron educados en una sincera y profunda piedad cristiana, dedicándose todos ellos al servicio de la Iglesia en distintos ministerios.

Domingo fue educado desde su más tierna infancia para ser un eclesiástico. Toda su formación estuvo impregnada por los valores del Evangelio y el amor a la Iglesia. Al igual que le sucedió con Jesús en el hogar de Nazaret, donde aprendió a saber de su verdadero Padre y donde vivió hasta que llegó el tiempo de darse a conocer al mundo, Domingo, vivió desde pequeño en la piedad y temor del Señor, estudió la Palabra de Dios, dejándose seducir por ella, practicando obras de caridad y consagrándose al servicio de Dios y de la Iglesia como sacerdote. Se encontraba sirviendo en la catedral del Burgo de Osma cuando fue invitado por su obispo a que lo acompañase a un largo viaje al Norte de Europa. Aquel viaje supondría un giro en su vocación y tendría consecuencias importantes en la espiritualidad cristiana europea del siglo XIII con el surgimiento de la Orden de los Predicadores y la forja de la espiritualidad mendicante, junto a los franciscanos.

Lo que caracterizó a Santo Domingo fue su enorme amor y sensibilidad a la Palabra de Dios y su pasión por la predicación evangélica. Amor a Dios y pasión por la predicación del Evangelio vividos con autenticidad en la Iglesia. Es en el seno de la Iglesia donde se recibe la Palabra de Dios; es en, con y desde la Iglesia, donde se difunde y dilata el conocimiento y la predicación del Evangelio, es la Iglesia la que predica, por medio de sus miembros, con palabras, obras y gestos, y es la enviada al mundo para dar a conocer la salvación de parte de Dios.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-19

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

 

COMENTARIO

 

III.1. El evangelio de Mateo, hoy, prosigue el sermón de la montaña con dos comparaciones -no llegan a parábolas-, sobre el papel del cristiano en la historia: la sal de la tierra y la luz del mundo. Todos sabemos muy bien para qué es la sal y cómo se degrada si no se usa. De la misma manera, desde las tinieblas, todos conocemos la grandeza de la luz, del día, del sol. Probablemente son de esas expresiones más conocidas del cristianismo y de las más logradas. En los contratos antiguos se usaba la sal como un símbolo de “permanencia”. Ya sabemos que la sal conserva las cosas, los alimentos… y era un signo de la Alianza en el ámbito del judaísmo por ese sentido de la fidelidad de Dios a su pueblo y de lo que Dios pedía al pueblo. Entonces entenderemos muy bien el final de la comparación: “si la sal se vuelve sosa”… hay que tirarla. Pierde su esencia. No olvidemos que esta comparación viene a continuación de las bienaventuranzas y por lo mismo debemos interpretarla a la luz de la fuerza de las mismas. El cristiano que pierde la sal es el que no puede resistir viviendo en la opción de las bienaventuranzas.

III.2. La luz del mundo, y la ciudad en lo alto del monte… tienen también todo su sabor bíblico. Sobre la luz sabemos que hay toda una teología desde la creación… Pero también se usa en sentido religioso y se aplicaba a Jerusalén, la ciudad de la luz, porque era la ciudad del templo, de la presencia de Dios. Por eso “no se puede ocultar una ciudad”… hace referencia, sin duda a estos simbolismos de Jerusalén, de Sión, de la comunidad de la Alianza. El cristiano, pues, que vive de las opciones de las bienaventuranzas no puede vivir esto en una experiencia exclusivamente personal.. Es una interpelación a dar testimonio de esas opciones tan radicales del seguimiento de Jesús, de la fuerza del evangelio.

III.3. Con estos dichos del Señor se quiere rematar adecuadamente el tema de las bienaventuranzas. Efectivamente, esto que leemos hoy debemos ponerlo en relación directa, no solamente con el estilo literario de las bienaventuranzas, sino más profundamente aún con su teología. El Reino de Dios tiene que ser proclamado y vivido y el Sermón de la Montaña es una llamada global a llevarlo a la práctica. De la misma manera que la Alianza fue sellada en el Sinaí, después el pueblo está llamado a vivirla en fidelidad. La nueva comunidad que tiene su identidad de estas palabras del Sermón tiene que iluminar como una nueva Jerusalén, como una espléndida Sión. Ella misma es el templo vivo de la presencia de Dios, luz de luz. Y la comunidad, y el cristiano personalmente, deben estar en lo alto del monte, de la vida, de la historia, de los conflictos, de las catástrofes, no solamente para mostrar su fidelidad, sino para iluminar a toda la humanidad. Como los profetas soñaban de Sión.

III.4. Los que han hecho las opciones por el mundo de las bienaventuranzas han hecho una elección manifiesta: ser sal de la tierra y luz del mundo. Esto quiere decir sencilla y llanamente que las bienaventuranzas no es para vivirlas en interioridades secretas, sino que hay que comprometerse en una misión: la de anunciar al mundo, a todos los hombres, eso que se ha descubierto en las claves del Reino de Dios. Las bienaventuranzas, son un compromiso, una praxis, que debe testimoniarse. No puede ser de otra manera para quien se ha identificado con los pobres, con la justicia, con la paz. Eso no puede quedar en el secreto del corazón, sino que debe llevarnos a anunciarlo y a luchar por ello. Porque esto de ser sal de la tierra y luz del mundo se ha usado muchos para “santos” especiales; pero no deja de ser un despropósito… es sencilla y llanamente la identificación de la verdadera vocación cristiana. Todo cristiano está llamado a ser la sal de la tierra y la luz del mundo… aunque no llegue a esa santidad desproporcionada.

Fray Miguel de Burgos Núñez  (1944-2019)

Parroquia Sagrados Corazones
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