JUEVES DESPUÉS DE CENIZA – CICLO C

JUEVES DESPUÉS DE CENIZA – CICLO C

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 22-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

 

Reflexión del Evangelio de hoy

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Ayer iniciamos el camino cuaresmal, que nos conduce a la Pascua. Es camino con horizonte, no caminamos a ciegas, sin saber adónde vamos. Pero el camino hay que recorrerlo; con las circunstancias concretas de cualquier camino; hay que estar preparado para llevarlo a cabo, hemos de alimentarnos, hemos de saber cómo superar los obstáculos que encontremos, con quien contamos; caminar cansados en momentos concretos, dónde buscar ayuda para mantener la constancia en el caminar; y saber disfrutar del paisaje sin que nos distraiga del final del caminar.

La lectura primera de la eucaristía de este día es clara: o contamos con Dios o fracasaremos en nuestro caminar, no alcanzaremos el fin del camino: la Pascua del Señor. En la versión del Antiguo Testamento la Pascua, el final del caminar por el desierto era disfrutar de la “Tierra prometida”. En el caminar cabe el bien y el mal, el seguir el camino auténtico que Dios señala o desviarse hacia otros dioses. Es cuestión de vida y muerte, algo, por tanto, radical. Si se elige la vida, es decir: el proyecto del Dios de la vida, viviremos; si se elige la muerte se perecerá antes de atravesar el Jordán y llegar a la Tierra prometida.

En los inicios de la Cuaresma bien está preguntarse sobre cuáles son nuestras opciones vitales, qué hemos elegido en el caminar de la vida y, en concreto, cómo pensamos vivir el tiempo cuaresmal. Es cuestión de vida y muerte, de bendición o maldición, dice el texto. El camino cuaresmal, tiene alternativa: el caminar desde la superficialidad, y renunciar a lo molesto, al esfuerzo. Necesitamos la gracia de Dios para fortalecernos en el caminar, darnos constancia en él, y como el montañero saber caminar cansado. Hemos de estar convencidos de lo que se repite en el salmo responsorial: “Dichosos los que confían en el Señor”.

Si alguno quiere venir en pos de mí…

La Iglesia en su Liturgia no anda con remilgos, plantea desde el primer día que el camino cuaresmal no está coronado de éxito continuo. Incluso que pasa por la muerte para poder resucitar. La muerte de lo que nos rebaja en nuestra condición humana, exaltada por ser condición del mismo Dios en Jesús de Nazaret. Hay que morir a buscar el aplauso, la aceptación universal, incluso de quienes desde la autoridad pretenden juzgarnos. Hemos de morir a tantas apetencias egoístas de corto recorrido, que se quedan en uno mismo, y nos hace indiferente al otro: vivir solo para uno. Es un modo de perderse. De perder la vida, de hacerla insignificante, sin valor. Vivimos cuando convivimos, cuando nos encontramos a nosotros mismos en relación con el otro. Cuando el dar nos enriquece más que el recibir. O mejor: no recibimos nada mejor que aquello que compartimos con los demás. El avaro pierde su vida por no gastar dinero en conservarla. Nosotros nos damos vida, cuando miramos fuera de nosotros, a otras vidas y ayudamos a que vivan. Superando la oposición de los jueces que interpretan la corrección social e individual como la autoafirmación sobre el otro, ignora lo de caminar juntos como compañeros de camino; sinodalmente, diríamos. ¿Cuál es nuestra disposición al comienzo de la cuaresma para saber negarnos, y reencontramos a nosotros mismos en lo que ofrecemos, bajo la mirada de Jesús muerto y resucitado?

Fray Juan José de León Lastra O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)

Parroquia Sagrados Corazones
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