II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

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PARROQUIA SAGRADOS CORAZONES

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Nº 535 – 19 de Enero de 2020 – II Domingo T.O. / A

“Este es el Cordero de Dios,  que quita el pecado del mundo”.

La secularización también ha hecho mella en el alma. “Ahora ya no hay pecados”, decía una ilustre entrevistada en la televisión. Incluso se pretende hacer gracia utilizando la expresión «está de pecado» como variante del modo superlativo.

Se ha perdido la conciencia de pecado. Lo que no se ha perdido es la mala conciencia. Y mucho me temo que sea ésta la que traiciona a los que más interés manifiestan en banalizar el pecado. Aunque también pudiera suceder que lo hagan para aliviar la conciencia, para disculparse. Pero, reconozcámoslo, somos culpables. Al menos, no somos inocentes en un mundo dividido, en una sociedad injusta, en un sistema deshumanizado.

Vivimos en un mundo de pecado. Y en este caso «de pecado» no es un superlativo para designar un mundo fabuloso, sino una acusación de inhumano, de fratricida, de insolidario y de insensible… para los pobres, o mejor dicho, para con los empobrecidos. Porque la pobreza no es fruto del azar, sino del sistema elegido y protegido por la ley. El pecado del mundo está en sus estructuras, o sea, en el modelo de organización que hemos elegido y sostenemos, cueste lo que cueste, entre todos. El precio de este modelo, también llamado «sociedad del bienestar«, es el pecado, es decir, la injusticia y la explotación o marginación (ahora se dice «exclusión«).

Pero culpar a las estructuras no es más que un modo de hablar y, por cierto, es también un modo de querer lavarse las manos. Juan Pablo escribía en la Exhortación Apostólica del 2 de diciembre de 1984: «Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo para evitar, eliminar o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, por miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en una presunta imposibilidad de cambiar el mundo, y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior«. De manera que, por complicidad o por inhibición, por pasotismo o por angelismo, todos estamos metidos hasta el gorro en el pecado del mundo.

No somos inocentes, aunque nos las demos de cándidos. Trivializar el pecado no nos puede servir de coartada frente al hambre, la miseria y la pobreza de los demás. Es muy cómodo confundir el pecado con los «pecadillos«, identificándolos con ciertos excesos de celo tan clericales ayer. Para recuperar el sentido del pecado hay que empezar por recuperar la conciencia de seres humanos, la conciencia de la igualdad de todos al nacer, la conciencia de la responsabilidad humana y de la solidaridad entre los hombres. Para desenmascarar nuestros pecados, celosamente camuflados en el pecado del mundo, no hay más que recorrer los mandatos del Señor.

Y el más grave de todos los pecados es la indiferencia con que vemos y la superficial inhibición con que se informa de la violación de los más elementales derechos allende nuestras fronteras, o sea, nuestros prejuicios. Porque un prejuicio es, y es culpable, el pretextado nacionalismo que nos exime de responsabilidades ante el hermano. ¿O acaso las fronteras valen más que la unidad del género humano? Mundo miserable, hipócrita y pecador, que celebra la apertura del muro de Berlín -el que levantaron «los otros«- y refuerza más cada día sus muros frente al Tercer Mundo, frente a los pobres y excluidos del desarrollo. ¡Cómo decir que ya no hay pecado!

PALABRA DE DIOS

LECTURA DEL LIBRO DE ISAIAS     49, 3-6

Me dijo el Señor: «Tu eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré». Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza: «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

SALMO   39. R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

 V/. Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. R/.

 V/. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios, entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.

V/. «-Como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R/.

 V/. He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.  R/.

 LECTURA DE LA 1ª CARTA A LOS CORINTIOS    1,1-3

Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

ALELUYA… El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. Aleluya.

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGUN SAN JUAN     1,29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

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