¿HABLAR DE DIOS …..O CALLAR DE DIOS?

¿HABLAR DE DIOS …..O CALLAR DE DIOS?

 

¿HABLAR DE DIOS… O CALLAR DE DIOS?

Darío Mollá, sj

 Confieso que me siento muy incómodo con muchos de los “discursos” sobre Dios que estoy oyendo en medio de la tragedia que estamos viviendo. Discursos que “se aprovechan” de esta inmensa tragedia y de este terrible fracaso que es la pandemia del COVID-19 para hablar de Dios, de su necesidad, de lo pobres que somos los humanos y de lo necesario que es Él. Algo así como “veis qué equivocados estabais”… No discuto la parte de verdad que tenga ese razonamiento, pero sí me molesta un cierto tono y un cierto oportunismo de hablar sobre Dios “ahora” que se ve en todas sus dimensiones la debilidad humana. Me niego a creer en un Dios que para crecer y manifestarse necesite del fracaso humano. ¿Es ese el Dios que proclamaba Jesús al decir “he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Juan 10,10)? O ¿volvemos a eso de decir que esta vida ni vale ni importa nada y que lo que importa es la “otra” vida? Y de ahí, la pregunta con que encabezo esta reflexión: ¿es tiempo de hablar de Dios o de callar de Dios? Quizá, para no ser tan radical, lo puedo formular de otro modo ¿de qué Dios hablar? y ¿cómo hablar de Dios?

Creo que el primer movimiento ha de ser el de callar, y callar mucho antes de decir una palabra. Un tiempo de silencio necesario y doloroso, solidario y humilde, ante tantísimo dolor acumulado durante tanto tiempo. No tenemos derecho a hablar de Dios si antes no hemos hecho nuestro el silencio, las lágrimas, la impotencia, la rabia de tantas y tantas personas de bien… y de mal, pero personas humanas al fin y al cabo. Y me parece inmoral sentirse por encima o exentos de esa experiencia de humanidad.

En segundo lugar, es necesario asumir que este tiempo es tiempo de tentación, en el sentido más duro de la palabra, como lo fue ¡y de qué modo!, el tiempo de la cuarentena de Israel en el desierto. Tentaciones (y pecados) en el ámbito de lo político, de unos y de otros; tentaciones (y pecados) en el campo de la economía y de la actividad empresarial y laboral; tentaciones (y pecados) en el ámbito de la convivencia familiar y vecinal, que abocarán a rupturas y fracasos; tentaciones (y pecados) en lo personal… y cada uno deberíamos ser honestos en reconocer los nuestros. Y ese reconocernos pecadores nos debería hacer misericordiosos en nuestras actitudes y humildes, muy humildes, en nuestras afirmaciones y proclamas.

Y entones, no antes, podemos hablar de Dios. Y si no, mejor callar.

Pero ¿de qué Dios y cómo? Del Dios que “se esconde” en la pasión como dice San Ignacio. Releía estos días las lúcidas palabras de Dietrich Bonhoeffer:  “No podemos ser honestos sin reconocer que hemos de vivir en el mundo ´etsi Deus non daretur´ (…) Dios nos hace saber que debemos vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona! (Mc 15.34) (…) Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios. Dios clavado en la cruz permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8.17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

Sí. La fe se hace a veces muy oscura, la esperanza muy costosa y la caridad es el único lenguaje posible.

 

 

 

 

 

 

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