FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

 

La familia ha cambiado de manera rápida en la sociedad urbana e industrializada; tanto que algunos han vaticinado la desaparición de la familia a corto plazo. Los vínculos conyugales y familiares que antes parecían tan sólidos, hoy parecen resquebrajarse cada vez con más facilidad. El divorcio, la ruptura entre generaciones, la vida de los jóvenes al margen del hogar… son hechos frecuentes que minan la vida familiar. Además, muchas funciones sociales que antes ejercía la familia han pasado a otras instituciones: la educación, la seguridad, el descanso y otras muchas dependen cada vez más de instancias alejadas del marco familiar. Por otra parte, la movilidad profesional y social exigida por la vida moderna y el ritmo agitado de la sociedad hacen difícil el clima apacible y sereno de la relación familiar. Y cuando, por fin, conseguimos sentar a todos en la misma mesa, nos encontramos con la revolución de la comunicación electrónica que nos comunica con una pantalla al mismo tiempo que nos incomunica con el que tenemos junto a nosotros.

Y, sin embargo, la familia, continua existiendo, no ha desaparecido como algunos habían predicho. El tipo de familia cambia, pero no desaparece. Estamos pasando de una familia más numerosa, tradicional y estable, a una familia más reducida, libre, inestable y conflictiva, pero la persona siempre necesitará un hogar en donde pueda crecer como ser humano. Por eso, los sociólogos hablan hoy del «fenómeno inesperado de la revalorización de la familia». Sencillamente, porque en una sociedad tan fragmentada y caótica como la nuestra, la familia es hoy uno de los pocos lugares de integración total donde las personas pueden crecer y desarrollarse de manera saludable. De hecho, la familia es un «centro socio-afectivo» de importancia decisiva. En una sociedad donde el empobrecimiento de las relaciones lleva al hombre a un callejón sin salida, la familia es uno de los pocos lugares donde las personas pueden encontrarse, no en virtud de unos intereses funcionales, sino en una relación cálida de afecto desinteresado.

Además, cuando las sociedades tecnificadas sufren crisis de «transmisión » y comienzan a tomar conciencia de que las técnicas sociales y los medios modernos de comunicación no son capaces de transmitir a las nuevas generaciones la sabiduría acumulada por los pueblos, sus valores culturales, su tradición histórica o su experiencia religiosa; la familia se anuncia de nuevo como un lugar decisivo para el enraizamiento cultural de la persona, su inserción en la historia y su aprendizaje religioso.

Algunos comienzan ya a reclamar no tanto la posibilidad de divorciarse y deshacer todo tipo de vínculos familiares, cuanto el poder conocer una verdadera familia y disfrutar de un hogar. La experiencia nos dice que detrás de cada ruptura hay casi siempre sufrimiento y frustración, cuando no humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable? ¿Cuáles son nuestros criterios de estabilidad familiar? Sería bueno no olvidar que «amar es fundamentalmente dar no recibir». Sólo el amor incondicional es duradero. Si cada uno busca sólo lo que el otro le puede aportar, el futuro de la pareja es incierto. La persona amada no siempre responde a lo que desearíamos. El amor se consolida cuando uno es feliz haciéndole feliz al otro. Amar significa respetar a la persona amada, no poseerla. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la relación de pareja como tal no existe.

Pero el amor de la pareja es algo frágil. Probablemente es la experiencia más sublime del ser humano, pero también la más exigente. Porque el amor conyugal consiste «en que dos soledades se unen y se acogen mutuamente». El ideal es llegar a «ser una sola carne». Sin esta base no es posible la familia, porque el amor no genera vida. Si el cristianismo quiere hacer presente la fuerza humanizadora del evangelio deberá contribuir a hacer de la familia un lugar cálido de experiencia humana de bondad. Es una tarea que los cristianos no hemos de olvidar, especialmente hoy, que estamos celebrando la fiesta de la Sagrada Familia.

Parroquia Sagrados Corazones
mgripa08@gmail.com
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