EVANGELIO DEL DÍA martes 1 abril ciclo A

EVANGELIO DEL DÍA martes 1 abril ciclo A

EVANGELIO DEL DIA

Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 21-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».
Y los judíos comentaban:
«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».
Y él les dijo:
«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Ellos le decían:
«¿Quién eres tú?».
Jesús les contestó:
«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.
Y entonces dijo Jesús:
«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

REFLEXIÓN

Un itinerario de quejas, que ignora la providencia de Dios

Eran frecuentes las quejas en el Israel del desierto. Había en ellas fundamento: el desierto es hostil e inhóspito; Egipto parecía más seguro (sobre todo idealizado desde lejos). Y el pueblo quería seguridades. Por eso murmuraba, no sólo contra Moisés –el líder perceptible-, sino también contra Dios –responsable último de aquellas incomodidades-.

El ciclo se repetía mil veces: protesta airada, castigo pedagógico, conversión forzosa e intercesión de Moisés, perdón y salvación generosos por parte de Dios. Y vuelta a empezar, pasadas unas cuantas dunas. ¡Qué difícil es aprender a confiar cuando uno lo pasa tan mal! Y, sin embargo, el Dios providente no se desentendía: la liberación de Egipto fue definitiva y la tierra prometida se hizo realidad a su debido tiempo.

Esta vez el castigo pedagógico fueron las serpientes, y fue también una serpiente la que facilitó el seguir viviendo (la serpiente era, en algunas culturas antiguas, símbolo de fecundidad y de protección contra fuerzas maléficas y para curar enfermedades). En plena Cuaresma, esa serpiente levantada, antídoto contra el mal, está evocando al Hijo del Hombre del evangelio de hoy, también levantado para ser reconocido e invocado como liberador definitivo de la mayor esclavitud, la del pecado. Somos invitados una y otra vez a la confianza, más allá de la queja y la protesta: Dios es siempre fiel a sus promesas, aunque parezcan lejanas y necesiten una larga paciencia.

Una invitación a descubrir a Jesús, más allá de cualquier controversia

Jesús era un enigma para los judíos, que no acababan de descifrar su identidad. Lo juzgaban desde ‘abajo’, y así les resultaba desconcertante; su origen y su destino eran objeto de frecuentes controversias que no aclaraban nada. Partiendo de los criterios de siempre no era posible discernir su sorprendente novedad.

Era necesario situarse en otro plano, contemplar al Hijo del Hombre desde ‘arriba’, desde la fe, desde la perspectiva de Dios. Era necesario dejar a un lado ‘lo de siempre’ y abrirse a lo nuevo y prometedor. Era necesario recibir, con un corazón bien dispuesto, aquella Buena Noticia que traía de parte de Dios un hombre sin ningún poder, pero dotado de una impresionante autoridad: la de su palabra luminosa y penetrante.

Las dudas sobre él se disiparían definitivamente –lo anticipó él mismo- cuando fuera ‘levantado’ sobre la tierra; entonces se sabría por fin quién era. El sentido de la elevación del Hijo del Hombre sólo puede entenderse a la luz del misterio pascual de su muerte y resurrección. Para el evangelista Juan ése es el momento por excelencia de la glorificación de Jesús: cuando sea elevado sobre la cruz, será elevado también en la gloria y su condición divina aparecerá a los ojos de todos, al mismo tiempo que la verdad de sus palabras.

Preguntémonos sólo estas dos cosas: ¿Hemos descubierto en la cruz de Jesús al enviado de Dios que ha venido a salvarnos? ¿Aceptamos las contrariedades de la vida, con la convicción de que en ellas está siempre presente el mismo Dios que acompañó a Jesús en la cruz?    ( Dominicos )

 

 

 

 

Parroquia Sagrados Corazones
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