ENTRE LOS MUERTOS MUERE, EL QUE ASEGURA LA VIDA

ENTRE LOS MUERTOS MUERE, EL QUE ASEGURA LA VIDA

 

ENTRE LOS MUERTOS, MUERE EL QUE ASEGURA OTRA VIDA

José Mª Fdez-Martos sj
«Y los senadores bromeaban:
a salvado a otros y él no se puede salvar.
¡Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz y le creeremos.
¡Había puesto en Dios su confianza! Si de verdad lo quiere Dios, que lo libre ahora, ¿no decía que era Hijo Dios» Mateo 27,41-43

POEMA de MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)

EL CRISTO DE VELÁZQUEZ (fragmento breve)

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?

Tú que callas, ¡oh Cristo!, para oírnos,
oye de nuestros pechos los sollozos;
acoge nuestras quejas, los gemidos
de este valle de lágrimas. Clamamos
a Ti, Cristo Jesús, desde la sima
de nuestro abismo de miseria humana,
¡Danos, Señor, que al salir
de esta noche tenebrosa
entremos en el claro día que no acaba,
fijos los ojos en tu blanco cuerpo,
Hijo del Hombre, Humanidad completa.
*****
El Barquero para este Viernes Santo es Miguel de Unamuno, creyente con entrañas desgarradas de teólogo que peleó su más honda intimidad en cada verso. Este poema tardó siete años en componerlo (1913-1920). Su fe nunca fue tranquilamente recostada: angustia y duda le acompañaron siempre. En su entorno, desastres económicos como la pérdida de las colonias (1898) y la guerra civil del 36 con su horror y enfrentamiento entre hermanos.
Sin embargo, su poema y el Cristo de Velázquez pueden ayudarnos a conciliar: hondura y serenidad ante el espanto y dolor por las brutales estadísticas y las filas de féretros en morgues improvisadas. Honda serenidad para no hundirnos en el desaliento, el abatimiento, y menos en la blasfemia. Poema e imagen de Cristo crucificado pueden ayudarnos a contemplar tanta y tan desalentada muerte, en una actitud de meditación apasionada a Jesucristo Crucificado (“el suplicio más cruel y terrible” para Cicerón) que tomó sobre sí todas – todas – nuestras muertes.
Tres miradas suplicantes: Primera por los que están muriendo en sufrimiento y soledad, para que escuchen a su manera «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43); la segunda por sus familiares para que se cobijen en Otra Presencia maternal: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,23). Y la tercera para que quienes asistimos al terremoto y a « todo lo que pasa», podamos confesar: « ´Verdaderamente este era el Hijo de Dios´» (Mt 27,54). Creyente y no creyente plantean las mismas preguntas, pero Unamuno creyente, las plantea a través de la contemplación del Crucificado: no sabe más que nadie, pero adora el misterio de este ciclón de pavor y muerte. Cristo, Señor de Vida y Muerte, no se baja de su cruz ni de la nuestra, unge las lágrimas de todo dolor humano. Con Unamuno, podemos intentar comprender el silencio de Dios que escucha el “sollozo de nuestros pechos, nuestras quejas y gemidos en este valle de lágrimas”. Todos podemos “clamar desde la sima de nuestro abismo de miseria humana pidiéndole que nos saque de esta noche tenebrosa” y nos acerque, por su bondad y muerte, a un “claro día”. Así sea

Parroquia Sagrados Corazones
mgripa08@gmail.com
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