EL NACIMIENTO DE LA CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES

EL NACIMIENTO DE LA CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES

Con motivo del 50 aniversario de la creación de nuestra parroquia de los Sagrados Corazones el profesor Manuel Leál Lobón pronunció una conferencia sobre los orígenes de la Congregación de los Sagrados Corazones. El auditorio estuvo bastante concurrido. Transcribimos el texto …

Con motivo del 50 aniversario de la creación de nuestra parroquia de los Sagrados Corazones el profesor Manuel Leál Lobón pronunció una conferencia sobre los orígenes de la Congregación de los Sagrados Corazones. El auditorio estuvo bastante concurrido …

 

EL NACIMIENTO DE LA CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES

 


Sobre este periodo inicial de la historia de nuestra Congregación, es decir, de la época de los Fundadores: José María Coudrin y Enriqueta Aymer, se ha escrito suficiente. Y aunque se toma  1800 como el año de la fundación de la Congregación, no podemos olvidar los acontecimientos que tuvieron lugar con anterioridad a esta fecha, que constituyen el contexto histórico del nacimiento de nuestra familia religiosa.

 

Congregación de los SS.CC. nace y da sus primeros pasos en medio de una gran tormenta, un mundo convulso, como fue la Revolución Francesa. Un poco antes del estallido revolucionario, cuando el Antiguo Régimen apenas si podía sostenerse en medio de graves tensiones sociales y económicas; el 11 de agosto de 1767, nacía Enriqueta Aymer, en el seno de una familia de la nobleza rural. Fue educada acorde con su posición social. Un año más tarde, 1 de marzo de 1768, nacería Pedro Coudrin, hijo de campesinos, en su educación jugó un papel importante un tío suyo sacerdote, hermano de su madre. Con 17 años ingresó en la Universidad de Poitiers, donde cursó Filosofía y con 19 comenzó sus estudios de Teología. En 1790, con 22 años, recibe las órdenes menores y el subdiaconado. Pero en 1791, los padres ‘lazaristas’ (Sacerdotes de la Misión de San Vicente de Paúl), formadores del teologado, fueron obligados a abandonar el Seminario a causa de la Revolución. Pedro Coudrin, ya ordenado Diácono, obtuvo autorización para recibir el Presbiterado de manos de algún obispo que estuviera en comunión con Roma.

  Las crecientes tensiones sociales y económicas habían forzado a Luis XVI a convocar los Estados Generales para el 5 de mayo de 1789. Comenzaba el movimiento revolucionario, que en principio no iba contra la Iglesia, la religión o el clero. Aunque la Asamblea Constituyente tomara medidas para corregir los abusos de la Iglesia, sobre todo, en materia económica; fueron muchos los católicos: laicos y clérigos, que aplaudieron la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano (1789). Pero muy pronto se tomaron medidas más radicales contra la Iglesia, como fueron la nacionalización los todos los bienes temporales de la iglesia para combatir la pobreza del pueblo, la promulgación de la Constitución Civil del Clero que convertía a la Iglesia en una Iglesia del Estado y se obligó a los sacerdotes a hacer el juramento de acatar dicha Constitución. Después de unos meses de indecisión por parte de la Santa Sede, el Papa condenará este juramento. Fueron muchos los sacerdotes que se retractaron del juramento hecho con anterioridad y junto a los que previamente se habían negado a jurar, constituyeron la Iglesia fiel a Roma abocada necesariamente a la clandestinidad y a la persecución.

 

En nombre de los principios revolucionarios se vieron afectadas la libertad de conciencia, de fe y la organización de la Iglesia. Así comenzaba la resistencia de los sacerdotes franceses no juramentados que se vieron obligados a trabajar pastoralmente en la clandestinidad. Y fueron perseguidos, exiliados y, con frecuencia, condenados a muerte. La Revolución comenzó a tomar medidas cada vez más extremas contra la Iglesia. Ante el peligro de una invasión militar extranjera a favor de la monarquía y de los posibles apoyos interiores de ésta, el Estado decidió que todos los movimientos contrarrevolucionarios, principalmente la nobleza y el clero, fueran considerados fuera de la ley, siguiendo la nueva Constitución francesa promulgada en 1791.

 

En 1792, la revolución llegó a su fase más cruda que culminó en el Terror. La Convención Nacional encarceló al Rey y declaró la República. Más de 40.000 sacerdotes fueron amenazados con la deportación. En París fueron masacrados más de un millar de prisioneros políticos, muchos de ellos eran sacerdotes. Unos meses más tarde, en 1793, moría decapitado Luis XVI; y en 1794 se impuso el régimen de Terror de la mano de Robespierre, centenares de personas fueron guillotinadas en los meses posteriores.

El 4 de marzo de 1792, el Padre Coudrin fue ordenado sacerdote clandestinamente en la biblioteca del Seminario de los Irlandeses de París, allí mismo firmó una declaración de fidelidad al Papa. Estando en su pueblo, en la Misa Mayor, predicó expresando su desacuerdo con las medidas del gobierno contra la Iglesia. Tuvo que salir huyendo para salvar la vida y se refugió en un granero del cercano castillo de la Motte d’Usseau. Allí estuvo oculto durante cinco largos meses. Fue un tiempo de oración y de reflexión, un tiempo en él fue madurando su proyecto de fundar una nueva congregación, fundamentando esta idea en la ‘visión’ que allí tuvo y que el mismo describe de esta manera:

 

‘Un día, vuelto a mi granero, después de haber dicho la misa, me arrodillé Junto al corporal en que yo creía tener siempre el Santísimo Sacramento. Vi entonces lo que somos ahora. Me pareció que estábamos varios reunidos; formábamos un grupo grande de misioneros que debía llevar el Evangelio a todas partes. Mientras pensaba, pues, en esta sociedad de misioneros, me vino también la idea de una sociedad de mujeres (…)’.

                 

Desde aquel momento, decide salir del refugio y ayudar a los cristianos perseguidos y clandestinos, siendo el apoyo espiritual de numerosos católicos de Poitiers y sus alrededores.

 

En este tiempo, Enriqueta Aymer y su madre vivían en la ciudad de Poitiers, y fueron detenidas en 1793 por haber dado asilo en su casa a sacerdotes refractarios y por ser miembros de la aristocracia. Permanecieron encarceladas desde octubre de 1793 a septiembre de 1794. Esta reclusión supuso para Enriqueta un tiempo de reflexión, y una ocasión para la conversión y consagración a Dios. Con la muerte de Robespierre, en 1794, se libraron de ser guillotinadas y fueron excarceladas.

 

En estos tiempos convulsos se había constituido en secreto la ‘Asociación del Sagrado Corazón’, formada por un grupo de señoras que se reunían para la oración. El Padre Coudrin se encontraba entre los sacerdotes que participaban de esta oración y atendían espiritualmente a aquellas mujeres. En esta Asociación se conocieron Pedro Coudrin y Enriqueta Aymer, y juntos maduraron el proyecto de fundar una Congregación religiosa de hombres y mujeres. Enriqueta Aymer adquirió una casa en Poitiers, donde se establecieron algunas mujeres pertenecientes a la Asociación y, con ellas, se dieron los primeros pasos que constituyeron posteriormente nuestra familia religiosa. Por su parte, el Padre Coudrín, reunió a unos cuantos jóvenes que le ayudaban en sus andanzas pastorales. De este modo, en aquel pequeño grupo de hombres y mujeres, comenzó el germen de la Congregación.

 

Con la caída de Robespierre sobrevino un período de relativa calma que se mantuvo con la subida al poder de Napoleón. Durante estos años, los Fundadores continuaron organizando y dando forma a la primera comunidad, que fue aprobada provisionalmente por la diócesis de Poitiers. En la misa de Navidad de 1800, ambos, Pedro Coudrin (que cambiaría su nombre por José María) y Enriqueta Aymer, hicieron su profesión religiosa. Este momento es considerado como el comienzo de nuestra Congregación.

 

Napoleón se propuso poner orden en las relaciones Iglesia-Estado, para ello firmó con la Santa Sede un Concordato en 1801. La intención de Napoleón, al firmar este acuerdo, estaba en ejercer personalmente el control sobre la Iglesia, algo que terminó en conflicto entre el Emperador y el Papa Pío VII, que fue hecho prisionero por Napoleón y trasladado a Francia. En tales circunstancias, los fundadores, decidieron no pedir licencia estatal para la Congregación, y continuaron su expansión en secreto hasta la Restauración borbónica, tiempo donde gozaron de mayor libertad.

 

Las circunstancias históricas, un agudo sentido de la misión y una generosa disponibilidad para dar respuesta a las necesidades de la Iglesia, llevaron a la Comunidad a extenderse muy pronto más allá de Poitiers: Mende en 1802, Cahors el año siguiente, y otros lugares de Francia antes de la muerte de la Buena Madre ocurrida en 1834, y de la del Buen Padre que aconteció en 1837. Desde 1805 se había instalado la Casa Ge­neral en la calle de Picpus en París.

 

La joven comunidad, desde su inicio, estuvo deseosa de hacerse cargo de las diversas necesidades que tenía la Iglesia de Fran­cia después de la Revolución. Al hacerlo, se sentía enviada por el Señor y respondía al mandato de: ‘Id y anunciad el Evangelio‘. Abrieron escuelas e internados para los pobres, participa­ron en el esfuerzo evangelizador post-revolucionario en las mi­siones populares en Francia; se hicieron cargo de seminarios para atender las vocaciones sacerdotales de la misma Congregación, de las diócesis francesas donde se encontraban, y acogieron y prestaron su apoyo a los seminaristas de la perseguida Irlanda. Cada nue­va fundación era también un centro de adoración eucarística y de reparación. Por regla general, una fundación constituía una acción conjunta donde trabajaban pastoralmente hermanos y hermanas.

 

La expansión de la Congregación fuera de Francia comenzó en 1825, con la misión de Oceanía Oriental. En vida de los Fundadores, los hermanos se encontraban ya en las misiones de Hawaii, Polinesia, Esmirna, Chi­le y California (entonces México), y entre las tribus indíge­nas de Maine (USA) y Nueva Brunswick (Canadá). Las Hermanas los siguieron pronto a Chile y Hawaii. La respuesta misionera a la llamada del Espíritu ha seguido viva a través de la historia de la Congregación, que ha entregado a muchos de sus mejores hijos e hijas a esta tarea. Entre todos, ha adquirido especial notoriedad la figura del Padre Damián de Veuster, el apóstol de los leprosos en Molokai. Nuestra misión hoy está presente en todos los continentes y en las islas más distantes del mundo.

 

Para los Fundadores la misión y expansión de la Congregación, no era otra cosa sino ‘la Obra de Dios’, y esta Obra de Dios de los Sagrados Corazones formaba parte de la obra evangelizadora de la Iglesia universal. Por ello buscaron la aprobación de la Santa Sede para la Congrega­ción y para sus Constituciones, basadas en la Regla de San Beni­to. Roma mediante un Decreto del 10 de junio de 1817, confirmado más tarde, 17 de noviembre del mismo año, por la Bula ‘Pastor Aeternus‘ del papa Pío VII, reconocía a la Congregación como una nueva familia religiosa dentro de la Iglesia. Los Fundadores, José María Coudrin y Enriqueta Aymer, vieron de este modo que se culminaban sus es­fuerzos por seguir fielmente la llamada que habían recibido del Señor. Los siguientes Capítulos Generales celebrados en vida de los Fundadores completaron las Constituciones iniciales y la Santa Sede las aprobó definitivamente en 1825. La Congregación fue aprobada como un solo Instituto con dos ramas: masculina y femenina, esas primeras Constituciones mostraban la unidad deseada por el Buen Padre y la Buena Madre. Y así los expresaba el Padre Coudrin: ‘que no haya sino un solo corazón y una sola alma en mi pequeña familia‘.

 

En breves trazos presentaremos un esbozo elemental de nuestra espiritualidad en el período inicial. El Padre Coudrin creía que Dios es el Señor de la Historia, y que todo lo que ocurre en la vida de las personas y las comunidades está conducido por su Providencia. La Historia de la Salvación es realizada por Dios en Cristo. Una empresa como la fundación de una Congregación religiosa es obra de Dios. Esa convicción de que su trabajo era ante todo y sobre todo la obra de Dios, les dio valor para seguir adelante, no sólo cuando la Iglesia y la sociedad estuvieron inmersas en el remolino revolucionario, sino también cuando la joven fundación tuvo que hacer frente a problemas internos: la muerte de muchos religiosos, la escasa formación de algunos miembros, y la necesidad de cargar sobre los hombros de personas jóvenes y con poca experiencia, responsabilidades demasiado pesadas para ellas. Los Fundadores no escribieron tratados teológicos, sino que todos sus escritos de esta primera época hablan de la fe en la Providencia de Dios.

La preocupación de ambos, fue poner remedio a la pérdida de tantas comunidades religiosas que la Revolución Francesa había destruido y acudir en ayuda para frenar el gran enfriamiento de la fe y de la caridad en todos los órdenes, estas son inicialmente las consideraciones que fundamentaron el proyecto de nuestros Fundadores en el establecimiento de la Congregación. Creyeron poder reanimar mejor esta fe y caridad, que se extinguían cada vez más, poniéndose bajo la protección especial de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Teniendo como objetivo inicial difundir la devoción a los Sagrados Corazones e imitar y evocar la vida de Nuestro Señor, dividida en cuatro edades.

 

  Su Infancia  2º. Vida Oculta  3º. Vida Evangélica  4º. Vida Crucificada

 

CONCLUSIÓN

 

Una fundación es obra del Espíritu Santo; pero esta acción se inscribe en una historia, una geografía, una cultura… Es innegable que todo este contexto marca de muchas formas lo que emerge de nuevo. Ponemos de relieve aquello que del periodo que hemos esbozado, ha configurado la fisonomía de nuestra Congregación. De este modo, podríamos señalar que:

 

A la violencia, al odio, a las injusticias engendradas por los acontecimientos revolucionarios y anticlericales, nuestros fundadores quisieron responder con el testimonio y anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo que es misericordia, perdón, reconciliación…

 

A las divisiones, a las profanaciones y persecuciones ellos quisieron responder con una espiritualidad de Reparación tal como era entendida en la espiritualidad de la época.

 

Al desmantelamiento de la Iglesia y a la crisis de la conciencia religiosa de su tiempo quisieron responder siendo ‘útiles a la Iglesia’ mediante la educación en la fe, los seminarios, las misiones…

 

Se podría sin duda afinar y profundizar más, pero el tiempo apremia. Finalizamos dando la palabra al mismo Buen Padre, que en la circular donde anunciaba la aprobación de las primeras Constituciones, describía de esta manera el ambiente que rodeaba la fundación:

 

‘Nuestro Instituto, que comenzó cuando la sangre de los siervos de Dios se derramaba en la guillotina, tiene a hora 29 años. Fueron necesarios milagros de la bondad divina para conservarnos en medio de tantos desastres. El Señor no ha dejado nunca de derramar sobre nosotros los milagros de su Providencia. Nos ha conducido como si nos llevase de la mano. Diariamente recibimos las señales de su protección todopoderosa. Fuimos preservados en el tiempo del Terror, la persecución del Directorio no logró aniquilarnos durante los 14 años de opresión por parte del gobierno, por la gracia de Dios pudimos permanecer ocultos a la persecución policial’

 

Nuestro carisma se puede formular en una frase que condensa lo mejor de nuestra espiritualidad y que es por sí misma un reto para todo religioso y religiosa de nuestra Congregación, pues expresa lo que por vocación estamos llamado a ser: ‘Contemplar, vivir y anunciar al mundo el amor de Dios encarnado en Jesús’.

 

Este es el esbozo de nuestra historia inicial. Los años posteriores fueron de expansión y gracia, y esperamos y pedimos a Dios que los venideros también lo sean.

 

Manuel Leal Lobón, ss.cc.
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