Domingo V de Pascua: ‘Como yo os he amado’

Domingo V de Pascua: ‘Como yo os he amado’

El Evangelio nos presenta a Jesús y a sus discípulos en el Cenáculo. Como un padre que, sabiendo cercana su muerte, reúne a sus hijos para despedirse y dejarles su último legado, así Jesús, en la última Cena, sentado a la mesa con sus discípulos, les abre su corazón y les dice: Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros …

El Evangelio nos presenta a Jesús y a sus discípulos en el Cenáculo. Como un padre que, sabiendo cercana su muerte, reúne a sus hijos para despedirse y dejarles su último legado, así Jesús, en la última Cena, sentado a la mesa con sus discípulos, les abre su corazón y les dice: Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Y después les confía su más ardiente deseo: Que os améis unos a otros, que sigáis unidos estrechamente en el amor mutuo.

   Jesús parece temer que, al faltar él, su pequeña y aún débil comunidad se disgregue y desaparezcan los lazos fraternos del amor. Con cuánta frecuencia, lo sabemos bien por experiencia, al morir los padres –vínculo de comunión familiar- los hijos se dispersan e, incluso, del afecto se pasa a la indiferencia y surgen las fricciones y enfrentamientos entre los hermanos.

   Jesús nos solo pide a sus discípulos que se amen, sino que añade que se amen con un amor semejante al que él les tiene: Como yo os he amado, amaos los unos a los otros’.

   Amar como Jesús. Unos momentos antes de dejarnos el Mandamiento Nuevo, Jesús había realizado el gesto de lavar los pies a sus discípulos, diciéndoles que ellos siguieran su ejemplo: Si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros. Lavar los pies es, como sabemos, señal de un amor servicial hacia el prójimo.

   La novedad del Mandamiento Nuevo está en que la medida del amor al prójimo es el amor de Jesús. Un amor que se vive sirviendo al prójimo y entregándose por él; un amor tan al extremo que abarca a todos, incluso a los enemigos.

   Hasta Jesús la norma del amor al prójimo era amarlo como a nosotros mismos; pero, ahora es amar según la óptica y el ejemplo del mismo Jesús, poniéndose al servicio de los demás sin límites ni condiciones. Con frecuencia nos preguntamos cómo es posible amar al enemigo o a la persona que instintivamente nos cae mal. El amor que Jesús nos pide, esto es, el amor cristiano no se basa en los lazos de la carne o de la sangre, ni tampoco en la amistad o en el afecto sensible, sino que brota del deseo de seguir a nuestro Maestro y Señor; por eso, el amor cristiano no puede ser  interesado ni egoísta, sino gratuito, incondicional, universal, sin límites.  El amor cristiano no es una doctrina sino un estilo de vida y seguimiento de Jesús.

   Por eso, el Mandamiento Nuevo debe ser nuestro distintivo, el emblema que nos identifica: En esto conocerán todos, añade Jesús, que sois  discípulos míos: si os amáis unos a otros.

   Vivimos en una sociedad en la sigue predominando el interés egoísta y la búsqueda del beneficio propio y del lucro. Cabría preguntarse si en nosotros  el amor cristiano no se ha ido diluyendo y difuminando, confundiéndose con el estilo de vida de la sociedad en que estamos inmersos,  de forma que hoy en día la comunidad cristiana no brilla ni se distingue porque nos amemos unos a otros. ¿Se nos nota y todos conocen que somos  discípulos de Jesús porque nos amamos y nos esforzamos en  amar como él?

 

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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