Domingo IV de Cuaresma: ‘Dios es alegre’

Domingo IV de Cuaresma: ‘Dios es alegre’

Hoy el Evangelio nos propone la hermosa parábola de la misericordia. Según pongamos el acento en uno u otro de los personajes, podemos titularla de diferente manera …

Hoy el Evangelio nos propone la hermosa parábola de la misericordia. Según pongamos el acento en uno u otro de los personajes, podemos titularla de diferente manera: del hijo pródigo, si en el hijo menor; del hijo ‘creído’, si en el hijo mayor; o del padre misericordioso, si en el padre. Pero lo cierto es que el centro de la parábola es el padre, pues lo que Jesús pretende es hacernos descubrir el rostro misericordioso de Dios, su bondad y ternura para con nosotros sus hijos, seamos pecadores o ‘justos’.

   San Lucas, en el capítulo quince de su Evangelio, incluye además las parábolas de la oveja y de la moneda. Es cierto que el denominador común de las tres parábolas es la misericordia y este es el aspecto  que normalmente se suele destacar a la hora de comentar la parábola; pero nos olvidamos de destacar que el encontrar la oveja descarriada, el hallazgo de la moneda y el retorno del hijo perdido provocan en el Padre una alegría incontenible.

   Así nos lo dicen con claridad las parábolas: es tal el contento del pastor cuando encuentra la oveja que no puede menos de reunir a sus amigos y vecinos para que se alegren con él; igualmente la mujer, hallada la moneda, invita a sus amigas y vecinas a que se alegren con ella; y el padre, ante el retorno del hijo, le agasaja con una fiesta.

   Hace no pocos años, en las Eucaristías animadas por jóvenes, solían entonar con entusiasmo una  canción al Dios alegre y joven, bueno y sonriente: ‘Si Dios es alegre y joven, si es bueno y sabe sonreír, ¡sí! ¿Por qué rezar tan tristes? ¿Por qué vivir sin cantar ni reír?’

   En las conferencias cuaresmales de la parroquia de esta semana se nos ha dicho que Dios es encantador, que Él es nuestro encanto, recordando  también  un canto antiguo.

   Con la alegre y festiva actitud del padre contrasta la postura fría, adusta e indignada del hijo mayor, que no solo rechaza el retorno de su hermano, sino que se siente humillado y rebajado por el padre que ha sido capaz de festejar con un banquete, incluso matando el ternero cebado, a ‘ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres’.

   Así concluye la parábola de la oveja perdida: Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse; y la de la moneda termina: Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte. Y la conclusión de nuestra parábola de hoy dice: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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