DOMINGO IV DE CUARESMA / CICLO B

DOMINGO IV DE CUARESMA / CICLO B

 

Nº 594 – 14 de Marzo de 2021 – IV Domingo de Cuaresma  / Ciclo B

 

EL QUE REALIZA LA VERDAD SE ACERCA A LA LUZ

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida, sin verdad interior que ilumine nuestros pasos. Hay muchas formas de caminar en tinieblas sin saber exactamente qué queremos o hacia dónde vamos. No es superfluo señalar algunas.

Es muy fácil pasarse la vida entera ocupado sólo por las cuestiones más inmediatas y, aparente-mente, más urgentes y prácticas, sin preguntarme nunca «qué voy a hacer de mí» (X. Zubiri). Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

Es también corriente vivir programado desde fuera. La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir decidiendo qué me ha de interesar, hacia dónde he de dirigir mis gustos, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir. Son otros los que deciden y fabrican mi vida. Yo me dejo llevar ciegamente.

Hay otra manera muy posmoderna de caminar en tinieblas: vivir haciendo «lo que me apetece», sin adentrarme nunca en la propia conciencia. Al contrario, eludiendo siempre esa voz interior que me recuerda mi dignidad de persona responsable.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentimos a nosotros mismos. Construimos una «mentira-raíz», fabricamos una personalidad falsa, instalamos en ella y vivir el resto de nuestra vida al margen de la verdad.

Es también tentador ignorar aquello que nos obligaría a cambiar. Cerrar los ojos y «autocegarnos» para no ver lo que nos interpelaría. Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a otros y para juzgamos a nosotros mismos, no enfrentarnos a la luz.

Todos deberíamos escuchar desde dentro las palabras de Jesús que nos invitan a salir de nuestra ceguera: «Todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para verse acusa-do por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz».

Palabra de Dios

 

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-23

En aquellos días, todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las aberraciones de los pueblos y profanando el templo del Señor, que él había consagrado en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les enviaba mensajeros a diario porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió irremediablemente contra su pueblo. Incendiaron el templo de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén, incendiaron todos sus palacios y destrozaron todos los objetos valiosos. Deportó a Babilonia a todos los que habían escapado de la espada. Fueron esclavos suyos y de sus hijos hasta el advenimiento del reino persa. Así se cumplió lo que había dicho Dios por medio de Jeremías: «Hasta que la tierra pague los sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta cumplirse setenta años». En el año primero de Ciro, rey de Persia, para cumplir lo que había dicho Dios por medio de Jeremías, el Señor movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así dice Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a ese pueblo, puede volver. ¡Que el Señor, su Dios, esté con él!».

 

Salmo 136. R/: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

V/. Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. R/.

V/. Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión». R/.

V/.¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R/.

V/. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías. R/.

 Lectura de la carta de Pablo a los Efesios 2, 4-10

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo -estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.

+ Lectura del santo Evangelio según S. Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

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