Domingo III de Pascua: ¡Evangelizad!

Domingo III de Pascua: ¡Evangelizad!

El Evangelio de hoy está lleno de simbolismos que nos hablan de la misión evangelizadora de la Iglesia y de cada uno de nosotros, creyentes en Jesús.

 

   En primer lugar es claro que  la pesca nos está hablando de la misión de la comunidad cristiana: anunciar el Evangelio de Jesús Resucitado …

El Evangelio de hoy está lleno de simbolismos que nos hablan de la misión evangelizadora de la Iglesia y de cada uno de nosotros, creyentes en Jesús.

   En primer lugar es claro que  la pesca nos está hablando de la misión de la comunidad cristiana: anunciar el Evangelio de Jesús Resucitado. La tarea de la evangelización atañe a todos los creyentes y en ella tenemos que comprometernos todos los discípulos del Resucitado.  Ahí radica, por ejemplo, las insistentes llamadas que nos está haciendo nuestro Obispo para que nos integremos en los grupos de elaboración del Plan Diocesano de Evangelización.

   El mar es el mundo, la sociedad, el ambiente en que nos movemos, donde debemos anunciar la Buena Noticia de Jesús Resucitado.

   La noche (la oscuridad: aquella noche no cogieron nada) es la ausencia de Jesús; si nos desvinculamos de él, nuestro quehacer está llamado al fracaso; sin él la misión será infructuosa.

   El amanecer (el día), en cambio, simboliza la presencia y la unión con Jesús: Yo soy la luz del mundo. Quien me sigue no camina en tinieblas; por eso, cuando aparece Jesús, la pesca resulta tan abundante que no pueden sacar la red ni se rompe por la multitud de peces. El relato habla de 153 peces grandes, dándonos a entender la universalidad de la misión: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19).

   Sin duda alguna  esta pesca que nos relata hoy el evangelio,  nos trae a la memoria el diálogo que narra san Lucas y  en el que Jesús le dice a Simón: Rema mar adentro, y echad las redes para la pesca. Maestro,  responde Simón, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse (5, 4-6).

   La desnudez de Pedro nos está indicando que Pedro carece de las actitudes propias del discípulo y que, por tanto, sin ellas, nuestro trabajo está abocado al fracaso.

   El vestido de Pedro (se ató la túnica y se echó al agua) nos trae a la memoria el comportamiento  de Jesús en la última Cena en la que, tomando una toalla, se la ciñó y se puso a lavar los pies de sus discípulos en señal de amor, de servicio y de entrega. El que Pedro se ate la túnica y se arroje al agua pone de relieve  que ahora sí que tiene las actitudes del auténtico discípulo, dispuesto a servir a los demás hasta llegar incluso  a la muerte como su Maestro.

   El almuerzo (Vamos, almorzad, dice Jesús a sus discípulos) consiste en el pescado y el pan preparado por Jesús, y en los peces pescados por los discípulos. El evangelista está aludiendo a la comida eucarística: memorial  del amor, del servicio y de la entrega de Jesús, que debe complementarse añadiendo (traed de los peces que acabáis de coger) nuestra actitud de verdaderos discípulos suyos.

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   A la luz de los simbolismos del relato evangélico podemos hacernos algunas preguntas: ¿Vivo la misión de ser evangelizador en mi ambiente, teniendo una actitud de servicio y de  entrega? ¿Evangelizo en nombre de Jesús o en el mío propio? ¿La Eucaristía es el almuerzo que me da fuerzas para realizar esta misión?

   En el mar de nuestro mundo actual solo resultan fecundas las redes echadas en el nombre de Aquel de quien nos hemos fiado, Jesús (Papa Francisco).

 

 

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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