Charlas Cuaresmales (2)

Charlas Cuaresmales (2)

   A continuación damos el texto de la segunda charla cuaresmal…

2ª REPARACIÓN: ‘TRABAJAR POR CONSTRUIR UN MUNDO DE JUSTICIA Y DE AMOR, SIGNO DEL REINO’ (Const. 4)

 

   Veíamos ayer que nosotros, por vocación y misión,  estamos llamados a ‘contemplar, vivir y anunciar al mundo el Amor de Dios manifestado en los Sagrados Corazones’. La contemplación y vivencia de ese Amor deben llevarnos a anunciarlo con el mayor celo posible, o sea, con  ardor y entusiasmo, al mundo y a la sociedad, que, hoy como ayer, recordando las palabras de nuestro Fundador, desconoce o ignora ese Amor.

 

   Ahora bien, el amor cristiano no es un amor platónico ni se limita a gozarlo íntimamente con Dios, sino que el amor del discípulo de Jesús tiene que ser un reflejo y proyección del mismo Amor de Dios, manifestado en el amor de su Hijo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal; por eso, el amor cristiano tiene que ser un amor ‘samaritano’, o sea, que se proyecte en el prójimo y en la sociedad para reparar los daños causados por el mal y para construir un mundo de justicia y de amor, signo del Reino.

   En este aspecto del amor, en el amor reparador, vamos a detenernos hoy, como una dimensión fundamental de la vocación y misión de los hijos de los Sagrados Corazones. Y así, por ejemplo, lo vivió nuestro querido P. Damián; y, por eso, sus últimas palabras serían ‘¡Qué dulce es vivir y morir como hijo de los Sagrados Corazones!’

 

   La Palabra de Dios tiene que presidir e iluminar nuestra reflexión. Vamos a comenzar, pues, proclamando y meditando personalmente durante unos momentos la parábola del buen samaritano: Palabra de Dios: Lc 10, 25-37: El buen samaritano

 

El Amor creador se transforma en Amor redentor y reparador

   Quiero recordar que el Amor de Dios es, en primer lugar, un Amor creador que se difunde y se expande en la maravilla de su creación: Los cielos proclaman las maravillas de Dios, canta el salmo. El inicio del libro del Génesis nos relata cómo Dios deja plasmadas su bondad y su belleza en las creaturas, y él mismo queda prendado de su obra al contemplarla: ¡Y vio Dios que era bueno! Cuando Dios finaliza su obra creadora, tras la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, el himno de la creación concluye: ‘Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno!

   Pero el Amor creador adquiere la dimensión de un amor redentor y reparador cuando el hombre y la mujer, con su desobediencia y pecado, rompen la amistad con su Creador, y  enturbian la armonía de la creación.

   No hace falta insistir. Hemos comentado en innumerables ocasiones que Adán y Eva, el hombre y la mujer, somos cada uno de nosotros y que todos nosotros, como narra el libro del Génesis, nos dejamos llevar del egoísmo y de  la soberbia (¡Seréis como Dios!), y  desfiguramos y trastornamos el designio de Dios.

 

   Pero, el Amor es más fuerte que la muerte y el mal, y Dios, que es amor,  sigue amando al mundo y, enviando a su Hijo, emprende la tarea de reparar y restaurar los destrozos causados por el hombre: Tanto amó Dios al mundo que envió su Hijo único; no para condenar al mundo, sino para salvarlo, o sea, para repararlo, para reanudar la amistad divino-humana y para construir una humanidad fraterna en la que reinen la justicia y el amor.

 

Un enfoque intimista y dolorista de la reparación

   La palabra reparación, ciñéndonos a su dimensión religiosa, hace un tiempo estaba muy devaluada y desprestigiada; hoy en día va recuperando su verdadero sentido, su valor   y el compromiso que implica cuando la reparación se ilumina y se entiende a la luz del Evangelio de Jesús y de su obra.

   Mucho influyó en esta   devaluación y desafecto hacia el término reparación, el que se enfocaba de una manera muy intimista y dolorista, centrada, ante todo, en la contemplación de las injurias inferidas al Corazón de Jesús por los pecadores y quien, a cambio, demandaba consuelo solicitándonos que padeciéramos con él.

   Este enfoque de la reparación no contemplaba que Jesús sigue sufriendo hoy día en sus hermanos y sigue siendo crucificado en el pobre, en el que sufre, en el que es perseguido, en todos los que sufren alguna forma de exclusión o de marginación…; por eso, la reparación no tenía incidencia ni nos empujaba a reparar y aliviar, con nuestras obras y compromiso, el dolor y sufrimiento de nuestros hermanos los hombres, como hizo Jesús.

   Corroborando el enfoque casi exclusivamente intimista que se daba a la reparación, podemos aducir, como ejemplo, unas palabras de santa Margarita María de Alacoque cunado cuenta una de sus visiones: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha ahorrado hasta agotarse y consumirse por demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por la frialdad con que me tratan en este sacramento del amor…

   Al hablar de  Sacramento del amor se está refiriendo, como es claro,  al Sacramento de  la Eucaristía.

   Ante esa la falta de correspondencia de amor, ante el desamor e ingratitud de los hombres, el Corazón de Jesús pide a Margarita María que tú, al menos, dame el placer de suplir su ingratitud en cuanto puedas ser capaz de hacerlo… Busco una víctima para mi Corazón.

   De esta forma la espiritualidad de la reparación fue reduciéndose a satisfacer y compensar el amor del Corazón de Jesús injustamente ofendido. La reparación aparece, pues, como deber de amor –redamatio: devolver amor, padeciendo con Cristo, ofreciéndole así algún consuelo; reparar era expiar la ingratitud,  el pecado y las culpas de los demás, ofreciéndose como víctima propiciatoria mediante la penitencia y la mortificación, el cambio personal de vida y los ejercicios de piedad (Cf Retorno de Amor, pg. 232 ss.).

   Nosotros, o sea, los religiosos y religiosas de los Sagrados Corazones (quizás lo recordéis si os habéis educado en algún colegio SS.CC.), en el momento de hacer la media hora de adoración diaria diurna ante el Santísimo y la hora semanal nocturna, nos revestíamos con un manteo rojo, en recuerdo del manto escarlata que los soldados echaron sobre los hombros de Jesús, y como signo de que, al igual que Jesús, cargábamos con los pecados del mundo.

 

La reparación y la Eucaristía

   Especialmente a partir de santa Margarita, la reparación va unida a la Eucaristía o a la adoración eucarística. Ella misma escribe: Estando una vez delante del Santísimo Sacramento un día de su octava, recibí de mi Dios gracias extraordinarias de su amor, y sentí el deseo (touchée) de devolverle algo, de devolverle amor por amor, y me dijo: He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres…, y que no recibe de la mayoría… más que la frialdad y el desprecio que tienen hacia mí en este sacramento del amor.

 

   Nosotros hemos recibido de nuestros Fundadores la herencia de la adoración eucarística  contemplativa y reparadora. De hecho el título completo con que fue aprobada la Congregación es de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar. El P. Coudrin escribe: Pienso que la denominación de Adoradores y Adoratrices perpetuos del Sagrado Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar no puede tener la menor dificultad. Explica de una manera especial, tanto nuestra consagración al Corazón de Jesús, como el homenaje que se le rinde día y noche en el Sacramento de la Eucaristía para reparar la ingratitud de los hombres (Memoria del B.P.).

   Cuando en Francia se abría una nueva casa de la Congregación, sobre todo de las Hermanas, era conocida como la Adoración.

   En nuestra parroquia, hace ya unos diez años que establecimos la Exposición diaria  del Santísimo y los viernes la Adoración Eucarística Comunitaria. Somos muchos los que a lo largo de la tarde pasamos un rato de oración personal  ante el Señor (¡Los viernes no asistimos tantos, más bien, pocos. Es como si no cuajara la Adoración Comunitaria).

   Sería interesante que cada uno de nosotros pudiera decir en voz alta por qué pasa ese rato de adoración, qué significa para él, cómo lo vive…

   Antes he señalado la desafección existente hacia el término reparación; quiero ahora señalar con toda sinceridad que también entre los religiosos de nuestra Congregación se produjo durante un largo periodo la desafección y el abandono de la adoración reparadora. Creo que ahora estamos recuperando su práctica gracias a los enfoques más basados en el Evangelio y que se exponen tanto en nuestra Regla de Vida como en nuestras Constituciones y Capítulos Generales, fruto, sin duda del Concilio Vaticano II.

 

Jesús, reparador y sanador: ‘el plus de amor’

   Nuestra adoración reparadora tiene que inspirarse en el Evangelio y debe  ser reflejo del estilo reparador del mismo Jesús.

   Nos dice san Pablo que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Con otras palabras podemos decir que donde abundó el mal y el odio, sobreabundó el bien y el amor. Y esa sobreabundancia del amor sobre el mal se manifiesta en la persona y vida de Jesús. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo, nos dice san Juan. Con Jesús entra en el mundo el amor infinito, el no va más del amor, el amor hasta el extremo. Jesús venció y reparó el ‘plus de mal’ con el ‘plus de amor’.

   La mayor expresión del ‘plus de amor’ de Jesús es la cruz: Nos amó y se entregó por nosotros. El ‘plus de amor’ de Jesús no es solo el contrapunto del ‘plus de mal’ que hay en nuestro mundo, sino que lo supera, lo repara y lo sana. Jesús vence el mal con el bien.

   Abrir los Evangelios es recibir la oleada de amor y de entrega que se desprenden de la persona, de las palabras y de las obras de Jesús. Recordáis cómo en el libro de los Hechos de los Apóstoles san Pedro resume de este modo la vida de Jesús: Me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo y poder. Él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén (10, 38-39ª).

   Pienso que no es necesario insistir ni poner ejemplos concretos de cómo Jesús venció el mal con el bien derrochando amor a su Padre Dios y a sus hermanos los hombres, en especial, a los pequeños y débiles.

 

Adoración: Contemplación del ‘plus de amor’

   Jesús fue el hombre para los demás hasta vaciarse por amor; por eso, él es nuestro espejo en el que contemplamos el Amor y que nos impulsa a imitarle. Esta contemplación del Amor es una de las dimensiones que debe llenar nuestros ratos de adoración.

   La contemplación del ‘plus de Amor’ entregado, redentor, reparador y sanador de Jesús es una llamada a que nos asociemos nosotros a su obra de amor y de reparación, a que cada uno de nosotros ponga un ‘plus de amor’ que repare y sane el ‘plus de mal’ que hay en nuestras vidas, en nuestra sociedad, en nuestro mundo…

   Nuestras constituciones nos dicen: Conscientes del poder del mal que se opone al Amor del Padre y desfigura su designio sobre el mundo, queremos identificarnos con la actitud y la obra reparadora de Jesús. Nuestra reparación es comunión con él… (Artº 4).

 

Ser reparadores es ser buenos samaritanos como lo fue Jesús

   Ante el hombre que sufre el ‘plus de mal’ cayendo en manos de los salteadores, el samaritano que iba de viaje, al verlo, no da un rodeo y pasa de largo, sino que siente lástima, se acerca y, movido por el ‘plus de amor’, pone bálsamo en las heridas para reparar y sanar el mal que había sufrido.

   Como estamos en Bicentenario de la Aprobación de la Congregación, no viene mal recordar algunos buenos samaritanos sanadores y reparadores hermanos nuestros en la Congregación,  que se miraron en el espejo de Jesús. Cómo no hacer una rápida mención P. Damián –san Damián de Molokai- y del beato padre Eustaquio tan presentes en nuestra misma parroquia.

   Damián estregó su vida al servicio de los más abandonados y excluidos de la sociedad y puso todo su celo y entusiasmo para reparar, aliviar y mejorar la vida de los enfermos de lepra, de aquellos que estaban atenazados por el mal y el abandono de la sociedad: Monseñor, recuerdo que el día de mi profesión religiosa estuve postrado bajo el paño mortuorio para aprender que la muerte voluntaria es el comienzo de una vida nueva. Heme aquí dispuesto a enterrarme vivo con estos infortunados a varios de los cuales conozco personalmente.

   El apostolado del beato P. Eustaquio estuvo volcado en reparar, aliviar y sanar, en su espíritu y en su cuerpo, a los miles de enfermos que a él acudían. Entresaco algunas frases de una de sus cartas: Esta es la vocación que siento en mí: aliviar los dolores corporales para poder reavivar la débil fe de nuestros tiempos.

 

La Eucaristía: manantial de la reparación

   ¿De dónde sacaron fuerzas estos religiosos de los Sagrados Corazones para su entrega total al servicio de los hermanos más necesitados? ¿Cuál fue el secreto de sus vidas volcadas en reparar poniendo un  ‘plus de amor’?

   Todos recordáis que Gandhi,  gran admirador del P. Damián, se preguntaba cuál podría ser el secreto de una vida tan entregada y generosa. La respuesta nos la da el mismo Damián cuando escribe: ‘Sin la presencia constante de nuestro querido Maestro en mi pobre capilla, nunca habría podido perseverar en la unión de mi destino al de los leprosos de Molokai’. ‘Encuentro mi consuelo en el único compañero que no me abandona: nuestro divino Salvador en la Eucaristía’. ‘La Eucaristía es el pan de los fuertes…’ ‘Sin el Santísimo Sacramento una situación como la mía no se podría aguantar; pero, como tengo al Señor cerca de mí,  siempre estoy alegre y contento, y trabajo con entusiasmo por la felicidad mis queridos leprosos’.

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Reparación y Adoración Eucarística

   Adoración Eucarística y Reparación. Para nosotros son inseparables. La una nos lleva a la otra. Quiero recordar  estas palabras de nuestras Constituciones: La celebración eucarística y la adoración contemplativa nos hacen participar en las actitudes y sentimientos de Jesús ante el Padre y ante el mundo. Nos impulsan a asumir un ministerio de intercesión y nos recuerdan la urgencia de trabajar en la trasformación del mundo según los criterios evangélicos. Como nuestros Fundadores, encontramos en la Eucaristía la fuente y la cumbre de nuestra vida apostólica y comunitaria (Artº 5).

    Finalmente, nuestra vocación reparadora nos estimula a colaborar con todos aquellos que, animados por el Espíritu, trabajan por construir un mundo de justicia y de amor, signo del Reino (Artº 4).

   Por eso, nuestro último  Capítulo General ‘desea recordar a todos los hermanos que hemos sido llamados al ministerio de la adoración, que nos hace participar en las actitudes y los sentimientos de Jesús ante el Padre y el mundo, y nos introduce especialmente en su obra reparadora. La adoración nos impulsa a asumir un ministerio de intercesión y nos recuerda la urgencia de trabajar en la transformación del mundo según los criterios evangélicos’ (cf. Const. 5).

 

Ministerio de la adoración: Delegados de la iglesia

   Merece la pena terminar dejando una sencilla puntada sobre este aspecto de que la adoración eucarística debemos también considerarla como un ministerio o servicio que recibimos y realizamos en la Iglesia y para la Iglesia.

   Ya nuestro Fundador, en los consejos que dirigía a una religiosa de los Sagrados Corazones, escribía que la adoratriz  es diputada, delegada por la Iglesia para adorar, alabar, dar gracias y reparar.

   Merece la pena recalcar que, en palabras de nuestro Fundador, nuestra adoración contemplativa y reparadora junto a Jesús Eucaristía no es una simple acto de devoción personal, sino que tiene una dimensión comunitaria, pues estamos representando (somos delegados) a la Iglesia. No estamos solos; estamos haciendo presente a toda la comunidad cristiana.

   Tiene, además, la adoración  carácter de un ministerio, o sea, de  servicio que estamos realizando en nombre de la Iglesia y para la Iglesia: Así, a los pies de Jesús, incluso cuando el adorador/a está solo, está allí como miembro de la Iglesia y también en nombre de sus miembros más sufrientes, cuyo dolor comparte y cuyos rostros e historias trae al Señor Jesús, como las muchedumbres que traían a los enfermos a sus pies para que los tocara y sanara (Alberto Toutin sscc, La reparación, pg. 222).

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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