BOLETÍN PARROQUIAL VI DOMINGO DE PASCUA

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PARROQUIA SAGRADOS CORAZONES

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Nº 551 – 17 de Mayo de 2020 – VI Domingo de Pascua / A

 ORACIÓN DEL NUEVO DESPERTAR

 Jesús, resucita nuestra confianza. El coronavirus nos ha desconcertado a todos. Nunca nos habíamos sentido tan inseguros ni tan paralizados por el miedo. De pronto, los seres humanos estamos experimentando que somos frágiles y vulnerables… Jesús, despierta en nosotros la confianza en ese misterio de Bondad insondable que es Dios, ese Padre que nos ama con entrañas de Madre. Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en el vacío.

Jesús, resucita nuestra esperanza. Caminábamos con orgullo hacia un bienestar cada vez mayor y, de pronto, nos hemos quedado sin horizonte. En estos momentos, nadie en toda la humanidad sabe cómo será nuestro futuro, ni quién nos podrá conducir hacia el porvenir… Jesús, que la pandemia no nos robe la esperanza. Recuérdanos que no estamos solos, perdidos en la historia, enredados en nuestros conflictos y contradicciones, que tenemos un Padre que, por encima de todo, busca nuestro bien.

Jesús, resucita nuestra solidaridad. El coronavirus nos ha descubierto que nos necesitamos unos a otros. No podemos caminar divididos hacia el futuro, sin aliviar a los que sufren, sin acercarnos a los que nos necesitan… Jesús, despierta en nosotros la fraternidad. Recuérdanos el proyecto humanizador del Padre que solo quiere construir con nosotros en la tierra una familia donde reinen cada vez más la justicia, la igualdad y la solidaridad.

 Jesús, resucita en nosotros la lucidez y la responsabilidad. Superada la pandemia, nos tendremos que enfrentar a las graves consecuencias que dejará entre nosotros… Jesús, llénanos de tu Espíritu para que nos encaminemos hacia un mundo más humano: promoviendo la cooperación internacional y la gobernanza global, cada vez más necesaria; asegurando el pan de los que saldrán de la pandemia para caer en el hambre; protegiendo a los pueblos más débiles que quedarán sin infraestructuras. Jesús, que seamos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso con todos nosotros.

 Jesús, resucita y sacude nuestras conciencias. El coronavirus se ha convertido de modo inesperado en una grave llamada de alarma. El proyecto creador de Dios, nuestro Padre, que busca que la tierra sea la “Casa común” de la familia humana, está siendo arruinado precisamente por nosotros, la especie más inteligente… Jesús, haz que tomemos conciencia de que el planeta nos ofrece todo lo que la humanidad necesita, pero no todo lo que busca la obsesión de bienestar insaciable de los poderosos. Que despertemos cuanto antes para entender que la degradación del equilibrio ecológico nos está conduciendo hacia un futuro cada vez más incierto.

 Jesús, resucita nuestra fe en el Padre. Para que nunca perdamos la esperanza de creer en nuestra propia resurrección, más allá de la muerte. Solo entonces descubriremos que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se han perdido en el vacío. Solo entonces experimentaremos que lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestros errores y torpezas, lo que hemos construido con gozo o con lágrimas, todo quedará transformado. Entonces escucharemos desde el misterio de la Bondad insondable de Dios estas palabras admirables: “Yo soy el origen y el fin de todo. Al que tenga sed yo le daré gratis del manantial del agua de la vida” (Ap 21, 6). ¡Gratis!, sin merecerlo, así saciará Dios la sed de vida eterna que todos los humanos sentimos dentro de nosotros.

PALABRA DE DIOS

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Salmo 65. R/. Aclamad al Señor, tierra entera.

V/. Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». R/.

 V/. Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.  R/.

V/. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

 V/. Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos en él. Con su poder gobierna eternamente. R/.

V/. Los que teméis a Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo.  Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica ni me retiró su favor. R/.

Lectura de la 1ª Carta del apóstol san Pedro 3,15-18

Queridos hermanos: Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo. Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.
Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

V/. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R/.

+ Lectura del santo Evangelio según S. Juan 14,15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

 

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