Ascesnión del Señor: ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’

Ascesnión del Señor: ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’

El libro de los Hechos de los Apóstoles, con el relato de la Ascensión, concluye la misión terrena de Jesús. El Resucitado  pasa el testigo  a sus discípulos. A ellos les toca ahora anunciar la Buena Noticia: Tenéis que ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el confín de la tierra…

   El libro de los Hechos de los Apóstoles, con el relato de la Ascensión, concluye la misión terrena de Jesús. El Resucitado  pasa el testigo  a sus discípulos. A ellos les toca ahora anunciar la Buena Noticia: Tenéis que ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el confín de la tierra.

   Después de este encargo, narran los Hechos que  Jesús fue elevado al cielo. La falta de la presencia física del Maestro  deja pasmados a sus discípulos, se quedan como embobados mirando al cielo, hasta que unos hombres vestidos de blanco les sacan de su arrobamiento y les fuerzan a bajar a la realidad: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Ahora  les toca tomar el relevo de Jesús y continuar su misión que acaba de encomendarles: Id y haced discípulos de todos los pueblos de la tierra.

   Con la Ascensión de Jesús finaliza una etapa concreta del plan salvador de Dios, la llevada a cabo por Jesús histórico, y se abre un tiempo nuevo: el del Espíritu Santo y de la comunidad de los creyentes. Es el tiempo de la iglesia misionera, nuestro tiempo.

   En esta tarea misionera la Iglesia no está desamparada: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, nos promete Jesús en el Evangelio. Su Espíritu, con el que somos bautizados, nos dará la fuerza para la misión: Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir  sobre vosotros, y seréis  mis testigos.

   El mensaje que se desprende de la Ascensión, es  muy amplio: es la fiesta de la Exaltación del Resucitado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo;  y, en  consecuencia, es la fiesta de la  Esperanza cristiana y del Compromiso misionero.

La fe en la Glorificación de Jesús es, sin duda alguna, la garantía y la esperanza de  nuestra propia glorificación; pero la fe y la esperanza no pueden dejarnos embelesados: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?, se nos dice también a nosotros.

   Es hermoso tener fe, reconfortante vivir con esperanza e indecible gozar del Amor de Dios; pero, esa alegría con que la fe, la esperanza y la caridad llenan nuestros corazones  (la Alegría del Evangelio) no podemos reservarla egoístamente para nosotros solos ni puede dejarnos cruzados de brazos.

   Jesús inició la tarea de  testimoniar que Dios es Amor, un Amor que salva. El Papa Francisco nos dice que el Amor de Dios que Jesús derrama sobre nosotros es  el manantial de la acción evangelizadora. Porque si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros? (E.G., nº 8).

La actividad misionera es hoy día el mayor desafío que tiene la iglesia, señala el Papa. El anuncio de la Buena Noticia  debe llegar a todos los rincones y para realizar esa misión todos los creyentes somos convocados, pues el cristiano, por el hecho mismo de serlo, es misionero.

   Ser misionero conlleva, lógicamente, dar a conocer  el Evangelio a quienes ignoran a Jesucristo o lo han rechazado. El ambiente que nos rodea y nuestras mismas familias son, con frecuencia, campo de misión. No se trata de hacer ‘proselitismo’ forzado, sino de compartir  la alegría de nuestra fe como quien comparte el tesoro más preciado mediante una actitud de vida cristiana atrayente y contagiosa: La iglesia no crece por proselitismo sino por <<contagio>>. (Papa Francisco).

   Ser misionero implica también continuar la obra de Jesús en su dimensión de promoción del hombre en toda su integridad, buscando la colaboración con Cáritas, Manos Unidas, Justicia y Paz, Proyecto Desayunos Niños Kinshasa, Ayuda al Emigrante, Organismos contra el Racismo, la Xenofobia y toda clase de Discriminación, etc…, o sea, el cristiano debe trabajar junto con todas las  personas de buena voluntad que buscan mejorar la suerte de gente que sufre.

La Evangelización, nos recuerda el Papa, tiene un contenido ineludible social, o sea, el de trasformar y hacer más justa nuestra sociedad. En esta misión, nos dice Jesús, no estamos solos: El Espíritu Santo os dará fuerza para ser mis testigos.

                                                                                                             

Osvaldo Apaaricio, ss.cc.
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