Ascensión del Señor: Tras la cruz y la muerte vienen la Luz y la Vida

Ascensión del Señor: Tras la cruz y la muerte vienen la Luz y la Vida

La riqueza de la Pascua del Señor es tanta que la Iglesia, para ayudarnos a vivirla, va desplegando  y celebrando sus dimensiones en tres festividades principales: Resurrección-Ascensión-Pentecostés …

La riqueza de la Pascua del Señor es tanta que la Iglesia, para ayudarnos a vivirla, va desplegando  y celebrando sus dimensiones en tres festividades principales: Resurrección-Ascensión-Pentecostés.

   Si la fiesta de la Resurrección proclama que Jesús Crucificado vive, la Ascensión resalta que Jesús, el Viviente, ha sido Exaltado y Glorificado, y que, al entrar en  la esfera de Dios, participa  de su infinita plenitud de vida.

   El Nuevo Testamento y el Credo expresan esta inimaginable realidad acudiendo a un lenguaje espacio-temporal, diciéndonos que Jesús subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.

   Con un lenguaje actual  podríamos sugerir que  la Resurrección y Glorificación de Jesús son como el big bang de la nueva creación; son el estallido y eclosión de la nueva vida, ya que  son el inicio de la humanidad nueva, una humanidad  transida de vida y esperanza; son el comienzo del nuevo cielo y la nueva tierra (Ap 21, 1) que esperamos: He aquí que hago un mundo nuevo (Ap 21, 5).

  Este es el gran mensaje que se desprende de la Ascensión: Jesucristo es la Vida nueva y de su plenitud de vida todos estamos llamados a participar: Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

   Jesús en su despedida, cuentan los Hechos de los Apóstoles, nos promete la fuerza del Espíritu Santo para que seamos sus testigos; y en la conclusión del Evangelio de san Lucas hemos escuchado que Jesús nos pide que seamos testigos de esto.

   ¿De qué tenemos que ser testigos?

   Muchos son los que hoy en día niegan o ‘pasan’ de la trascendencia de la vida: venimos de la nada y a ella somos arrojados al morir, todo se acaba aquí y ahora. Son muchos también a los que, inmersos en el sufrimiento, les pesa la vida, y la desilusión y la desesperanza hacen mella en ellos: ¿qué sentido tiene una vida transida por el dolor?

   Ser testigos de ‘esto’ implica anunciar cómo vivió y actuó Jesús, cómo  predicó y amó hasta el extremo de entregarse a la muerte; y que, por eso, Dios lo exaltó, resucitándolo de entre los muertes y constituyéndolo fuente de vida y esperanza para la humanidad.

   El relato de los Hechos de los Apóstoles refleja que la experiencia que los discípulos tuvieron de Jesús Resucitado y Glorificado, les causó tal impresión que los dejó ‘pasmados’, ensimismados y absortos en la contemplación de la glorificación de su Maestro: Cuando  miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando,  se les presentaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo.

    Cuando ellos salieron de   su arrobamiento, comprendieron que su misión era comunicar a los demás la experiencia que ellos gozaban, siendo testigos del Señor en el mundo entero y proclamando el Evangelio a toda la creación.

   El Evangelio de Jesús nos dice que ni el mal ni la injusticia, ni el dolor ni la muerte tienen la última palabra sobre nosotros: tras la cruz y la muerte vienen la Luz y la Vida.

   Esta es nuestra fe y nuestra esperanza; pero, como creyentes, no podemos quedarnos ‘pasmados’, plantados mirando al cielo, gozando del triunfo de Jesús y de la certeza de que nuestra vida no termina, sino que se transforma. Al contrario, nuestra fe en Jesús Resucitado y Glorificado debe impulsarnos a ser misioneros, a extender esta Buena Noticia por todas partes donde nos encontremos: familia, vecindad, trabajo, colegio, universidad …

 

osvaldo Aparicio, ss.cc.
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