SANTOS DEL DÍA: SAN PABLO MIKI Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES

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SANTOS DEL DÍA: SAN PABLO MIKI Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES

El 5 de febrero de 1597 en Nagasaki fueron martirizados 26 cristianos franciscanos, jesuitas y laicos. Fueron detenidos y crucificados. Los testigos afirmaron que desde la cruz alababan a Dios con alegría

 

A final del siglo XVI surgieron en Japón grandes turbulencias políticas. Hideyoshi, jefe supremo del Gobierno, logró consolidar un fuerte poder militar, derrotando a todos los señores feudales que mantenían dividido al país. En 1587 publicó el primer edicto de prohibición del cristianismo, por el que quedaban expulsados de Japón todos los misioneros extranjeros. Así pretendía alejar el peligro de una posible invasión de Japón por los gobiernos extranjeros. Aunque no hizo cumplir aquella orden de un modo muy estricto, la libertad religiosa se había acabado. Un signo dramático de la nueva era fue la crucifixión de 26 cristianos el 5 de febrero de 1597 en Nagasaki: este grupo incluía a extranjeros y japoneses, que eran franciscanos, jesuitas y laicos.

 

Crucifixión de franciscanos, jesuitas, laicos

 

Hideyoshi había firmado la sentencia en el castillo de Osaka. En Nagasaki se encargó de ejecutarla Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de Nagasaki. Los mártires habían caminado desde Kyoto a Nagasaki en medio de los rigores del invierno. A las 10 de la mañana del 5 de febrero estaban ya preparadas las cruces donde iban a ser ejecutados. Terazawa, encargado de llevar a cabo la orden de Hideyoshi, era amigo de Pablo Miki, un jesuita que se encontraba en el grupo de los mártires. Esto hizo que Terazawa permitiera a dos jesuitas, los padres Pasio y Rodríguez, atender a todos antes de la ejecución. Poco después comenzaron a llegar al lugar del martirio los soldados de la escolta y los mártires, divididos en tres grupos, cada uno encabezado por dos franciscanos. Todos rezaban el rosario. Tenían las manos atadas, y sus pies descalzos iban dejando manchas de sangre por el camino. El «vía crucis» había durado un mes. Llevaban cortada la oreja izquierda, señal de su condena a muerte.

 

Apenas llegaron todos, los soldados empezaron a fijar los cuerpos en los maderos con unas anillas de hierro en las manos, pies y cuello de las víctimas; una cuerda a la cintura bien atada los dejaba fijos a los maderos. Cuando estaban todos listos, los soldados levantaron las cruces y las dejaron caer en los hoyos que ya estaban preparados. La colina parecía sembrada cíe cruces.

 

Delante de todos los mártires aparecía la tabla en que estaba escrita la sentencia: «Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron cle su ley…» Los extranjeros que estaban entre los mártires habían llegado en el galeón San Felipe, que había encallado cerca de las costas japonesas, en su viaje de Filipinas a Nueva España. Estos religiosos españoles habían sido declarados enemigos de Japón, por considerar que querían conquistar aquellas islas para la Corona de España. Ésta fue la chispa que desató el fuego de una persecución que ya estaba en ebullición hacía tiempo.

 

Desde la cruz, alababan a Dios con alegría

 

Los mártires cantaban salmos, alababan a Dios con sus oraciones y amonestaban a la muchedumbre que se había ido reuniendo para que fuesen fieles a la fe por la que ellos morían. Entre ellos había tres niños que habían querido unirse al grupo de los mártires. Con una alegría contagiosa, cantaban los salmos que habían aprendido en la catequesis: «Alabad, niños, al Señor, alabad su santo nombre. Desde donde sale el sol hasta el ocaso, sea alabado el nombre del Señor. Los padres Pasio y Rodríguez iban de una cruz a otra para atender a los mártires y confortarlos con sus palabras. Juan de Gota, uno de los tres jesuitas que había en el grupo, había hecho los votos religiosos en la Compañía poco antes de salir para el martirio. Los otros dos eran Pablo Miki y Diego Kisai.

 

La cruz de fray Felipe de Jesús, franciscano mexicano, no quedaba ajustada a su cuerpo; el sedile quedaba muy bajo, y todo el cuerpo colgaba de la anilla del cuello; esto le hacía ahogarse por momentos. Lo vio Terazawa y mandó que los verdugos alancearan el cuerpo, con dos lanzas cruzadas a la manera japonesa. Éste fue el comienzo de las inmolaciones. Eran cuatro los verdugos que empezaron a clavar sus lanzas en el pecho de los 26 mártires, empezando por los dos extremos de la fila de las cruces. A medida que los verdugos avanzaban hacia el centro, disminuían las voces de los mártires y aumentaba el clamor de la muchedumbre. Monseñor Martínez, el primer obispo jesuita de Japón, escribía: «Oí un gran grito de la gente cuando los alancearon». El último en morir fue fray Pedro Bautista; al ver a los verdugos que están ya delante de su cruz para clavarle las lanzas, exclama: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu».

 

La Iglesia  beatificó muy pronto a estos 26 mártires en 1627, sólo 30 años después del martirio. Más tarde, en 1862, fueron canonizados estos 26 testigos de la fe y el amor de Cristo por el beato Pio IX.

 

Fernando García Gutiérrez, S.J.

Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),

Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

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