CARTA APOSTÓLICA «PATRIS CORDE»

 

-Resumen-

 

Con motivo del 150° aniversario de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia universal (Papa Francisco)

 

  1. CON CORAZÓN DE PADRE: Así amó José a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios el “hijo de José”: «refieren poco, pero lo suficiente para entender qué tipo de padre fue y la misión que la Providencia le confió»: «fue un humilde carpintero, desposado con María; un “hombre justo” (Mt 1,19), siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39) y a través de los cuatro sueños que tuvo (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22).

 

  • Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el nombre que le reveló el ángel: “Poner un nombre” a una persona o a una cosa significaba, en los pueblos antiguos, adquirir la pertenencia, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19-20).
  • En el templo, José, junto a la madre, presentó el Niño al Señor y escuchó sorprendido la profecía que Simeón pronunció sobre Jesús y María (Lc 2,22-35). Para proteger a Jesús de Herodes, permaneció en Egipto como extranjero (Mt 2,13-18). De regreso en su tierra, vivió de manera oculta en el pequeño pueblo de Nazaret… Cuando, en una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús, que tenía doce años, él y María lo buscaron angustiados y lo encontraron en el templo mientras discutía con los doctores de la ley (Lc 2,41-50).
  • Después de María, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo, para destacar su papel central en la historia de la salvación: “Patrono de la Iglesia Católica” (Pío IX), “Patrono de los trabajadores” ( Pío XII), “Custodio del Redentor” (Juan Pablo II) y, tal como lo invoca el pueblo, “Patrono de la buena muerte”.
  • Quisiera compartir algunas reflexiones sobre esta figura extraordinaria y tan cercana a nuestra condición humana. Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que hemos experimentado que “nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes -corrientemente olvidadas-”. Todos pueden encontrar en san José el hombre que pasa desapercibido, de la presencia diaria, discreta y oculta⎼ un intercesor, un apoyo y un guía en tiempos de dificultad: nos enseña que los que están ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación.

 

  1. PADRE AMADO: La grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el padre de Jesús. En cuanto tal, «entró en el servicio de toda la economía de la encarnación» (san Juan Crisóstomo).

 

  • San Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida”: hace de la autoridad legal que le correspondía en la Sagrada Familia un don total de sí mismo, de su vida y de su trabajo; convierte su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda su capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa.
  • Por su papel en la historia de la salvación, san José es un ‘padre’ que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano, como demuestra las muchas iglesias, oraciones e invocaciones (los miércoles y el mes de Marzo) dedicadas a él. La confianza en san José se resume en la expresión “Ite ad Ioseph”, que hace referencia al tiempo de hambruna en Egipto, cuando la gente le pedía pan al faraón y él les respondía: «Id donde José y haced lo que él os diga» (Gn 41,55). San José es la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento.

 

  1. PADRE EN LA TERNURA: José vio a Jesús progresar día tras día “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2,52). Como hizo el Señor con Israel, “le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf. Os 11,3-4).

 

  • Jesús vio la ternura de Dios en José: En la sinagoga, en los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura, que es bueno para todos y «su ternura alcanza a todas las criaturas» (Sal 145,9).
  • La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Por eso, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con ter-nura: el Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, y el Espíritu la saca a la luz con ternura. El juicio hacia los demás a menudo es signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia fragilidad. Sólo la ternura nos salva de la obra del Acusador (Ap 12,10), desde el encuentro con la Misericordia de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, como experiencia de verdad y ternura. La Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona, como el Padre misericordioso: «mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».
  • También en la angustia, José nos enseña que tener fe en Dios incluye creer que Él puede actuar a través de nuestros miedos, fragilidades, debilidades. En medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca: aunque que-ramos tener todo bajo control, Él tiene siempre una mirada más amplia.

 

  1. PADRE EN LA OBEDIENCIA: Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios a través de sueños que, en la Biblia y en los pueblos antiguos, eran un medio por el que Dios manifestaba su voluntad.

 

  • En el primer sueño, le reveló que la criatura que María llevaba en su seno venía del Espíritu Santo y le dijo que no temiera acogerla en su casa: con su obediencia, superó su drama y salvó a María. En el segundo sueño, le ordenó coger al niño y a su madre y huir a Egipto, porque Herodes quería matarlo, y él no dudó en obedecer. En el tercer sueño, le dice que ya han muerto los que querían matar al niño y le ordena levantarse, coger al niño y a su madre y volver a Israel. Él obedeció sin vacilar. En el cuarto sueño, «al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños se retiró a Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret» (Mt 2,22s).
  • Lucas relata que José afrontó el largo e incómodo viaje de Nazaret a Belén, según la ley del censo del emperador César Augusto, para empadronarse en su ciudad de origen, y allí nació Jesús. Los padres de Jesús observaban todas las prescripciones de la ley: la circuncisión de Jesús, la purificación de María, la presentación del primogénito a Dios (cf. 2,21-24). En cada circunstancia, José supo pronunciar su ‘fiat’, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.
  • José, como cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12). En la “vida oculta” de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer de la voluntad del Padre su “alimento” (Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya, y así se hizo “obediente hasta la muerte” (Flp 2,8) y “aprendió sufriendo a obedecer” (Heb 5,8).
  • Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”» (Juan Pablo II, Redemptoris custos , n. 8).

 

  1. PADRE EN LA ACOGIDA: José acogió a María sin poner condiciones previas: confía en las pala-bras del ángel y supedita a la caridad lo aprendido por ley, como «varón respetuoso, delicado, que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María».

 

  • Ante lo que no entendemos, surge la decepción y la rebelión. José deja de lado sus razonamientos y, por misterioso que le parezca, acoge lo que acontece, asume la responsabilidad y se reconcilia con su historia. Si no lo hacemos, no podemos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y consiguientes decepciones.
  • La vida espiritual de José no explica, sino que acoge una historia más grande y un significado más profundo, como Job: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (Jb 2,10). Sólo desde la acogida, es posible la reconciliación. José no se resigna pasivamente, es un protagonista valiente y fuerte: con esa acogida manifiesta la fortaleza del Espíritu Santo, porque sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, incluso esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia.
  • Jesús es un regalo del Padre para que cada uno pueda reconciliarse con la carne de su propia historia, sin comprenderla del todo. Dios nos repite lo que dijo a José: «hijo de David, no temas», para hacer espacio ⎼sin resignación mundana y con una fortaleza llena de esperanza⎼ a lo que no hemos elegido, pero está allí, y a su significado oculto. Este “realismo cristiano” sabe «que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rm 8,28), «aun lo que llamamos mal» (San Agustín), porque la fe da sentido a cada acontecimiento, sin buscar soluciones fáciles ni atajos, sino afrontando cada situación con lucidez y responsabilidad.
  • La acogida de José nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque Dios es misericordioso y elige lo débil, es «padre de los huérfanos y defensor de las viudas» y nos ordena amar al extranjero.

 

  1. PADRE DE LA VALENTÍA CREATIVA: las dificultades sacan de nosotros recursos que no conocíamos. Dios actúa a través de eventos y personas: por medio de José, Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él es el “milagro” con el que Dios salva al Niño y a su madre, confiando en su valentía creadora: cuando llega a Belén y no hay lugar para ellos, con-vierte un establo en un lugar acogedor para el Hijo de Dios; ante el peligro de Herodes, que quiere matar al Niño, es alertado en un sueño y, en medio de la noche, organiza la huida a Egipto.

 

  • Cuando parece que estamos en manos de fuerzas superiores, Dios salva siempre lo más importante si tenemos la valentía creativa de José, que sabía transformar un problema en una oportunidad, con confianza en la Providencia. Aunque parezca que Dios no nos ayuda, nunca nos abandona, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar (como los amigos del paralítico para llevarle ante Jesús). San José actúa así en Egipto, como tantos hermanos migrantes. Por eso, es un santo patrono especial para los que tienen que dejar su tierra por la guerra, el odio, la persecución y la miseria.
  • José cuida siempre de Jesús y María, su Madre, haciendo lo que Dios le dice, porque ellos son “el tesoro más preciado de nuestra fe”: el Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una gran debilidad y necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en él, igual que María, no sólo para salvar su vida, sino para velar siempre por ella y el Niño. San José es siempre el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia y en su Maternidad se manifiesta la maternidad de María. De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su Madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres (con quienes Jesús se identifica). En cada una de estas realidades están siempre el Niño y su madre.

 

  1. PADRE TRABAJADOR: San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de comer el pan como fruto del propio trabajo. En esta época de trabajo precario y desempleo -mayor por el covid-debemos redescubrir el valor del trabajo: participación en la obra de la salvación y del Reino; desarrollo de las propias potencialidades y cualidades al servicio de la sociedad y la comunión; realización de la persona y de la familia; colaboración en la obra creadora de Dios… Revisemos nuestras valoraciones y prioridades e imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

 

  1. PADRE EN LA SOMBRA: para Jesús, José es la ‘sombra del Padre celestial’ en la tierra: lo auxilia, lo protege y no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos, como Moisés dice a su pueblo Israel: «En el desierto viste cómo el Señor, tu Dios, te cuidaba como un padre cuida a su hijo durante todo el camino» (Dt 1,31). José ejerció así la paternidad durante toda su vida.

 

  • Nadie ‘nace’ padre, sino que ‘se hace’: y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por “hacerse cargo” de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él.
  • En nuestro tiempo, los niños parecen ‘no tener padre’ y la Iglesia ‘necesita padres’: cada sacerdote u obispo debería poder decir: «Fui yo quien os engendré para Cristo al anunciaros el Evangelio», y también: «Sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros».
  • Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida y de la realidad: no para retenerlo, encarcelarlo o poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, ser libre y salir. Por eso, la tradición llama a José “padre castísimo”: sólo el amor casto es verdadero amor y Dios ama al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y enfrentarse a Él.
  • El mundo necesita ‘padres y rechaza los ‘amos’, que usan la posesión del otro para llenar su propio vacío y confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo y fuerza con destrucción. Toda vocación ver-dadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio: el sacerdocio y la vida consagrada, como la vida conyugal y familiar, exige este tipo de madurez.
  • Cada niño lleva consigo un misterio, algo inédito que sólo puede ser revelado con la ayuda de un padre que respete su libertad: que cumple su acción educativa y vive plenamente su paternidad cuando se hace “inútil” y ve que el hijo es autónomo y camina solo. Como José, que sabe que el Niño no es suyo, sino sólo confiado a su cuidado. Así, evoca una “paternidad superior” y es “sombra” del único Padre celestial, que «hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45); y “sombra” que sigue al Hijo.
  • Y así es, desde el silencio elocuente, intercesor y modelo a imitar en el camino de la caridad (santidad). Por eso, imploramos a san José la gracia de las gracias: nuestra conversión.

 

Carta Apostólica – sobre San José

Parroquia Sagrados Corazones
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